En las conversaciones con colegas y en las reuniones con la industria hablamos con frecuencia de los mitos que tienen las personas sobre los lentes de contacto: «Mi tío los usaba y tuvo una infección», «Tengo astigmatismo», «Soy présbita», «Tengo ojo seco», «Son difíciles de manejar». Pero hay una frase que debería preocuparnos todavía más: «Nunca me los han ofrecido».
Llevamos años hablando de esos temores entre nosotros. Hemos avanzado en materiales, diseños, modalidades de uso y posibilidades de adaptación, pero ¿cuánto de ese conocimiento ha llegado a la población? Y, sobre todo, ¿cuántas veces invitamos a una persona que necesita corrección visual a conocer esta alternativa y, si su evaluación clínica lo permite, a probarla?
Tal vez la respuesta exige revisar el mito más poderoso de todos: el que permanece en nuestra propia manera de pensar.
Seguimos clasificando a las personas como usuarias de anteojos o usuarias de lentes de contacto. Esa pequeña palabra, «o», limita nuestra práctica y también las posibilidades del paciente. De forma casi automática pensamos que una condición refractiva debe resolverse con una sola opción. Si la persona usa anteojos, pocas veces le proponemos lentes de contacto. Si usa lentes de contacto, pensamos en los anteojos principalmente para descansar en casa o resolver una urgencia. ¿En qué momento concluimos que debía pertenecer a una sola categoría? Este es un poderoso mito por superar.
Mientras mantengamos esa división, difícilmente lograremos que la población vea las cosas de otra manera.
El informe Beyond Vision, publicado en 2024, encuestó a 1.053 adultos de Estados Unidos que necesitaban corrección visual. Entre los 579 usuarios de anteojos que nunca habían probado lentes de contacto, el 47,8 % manifestó un alto interés en hacerlo. Sin embargo, solo el 42 % dijo que alguien se los había recomendado y apenas el 10,5 % indicó que la recomendación había venido de un optómetra u oftalmólogo. Son cifras estadounidenses, pero nos plantean una pregunta que también debemos hacernos aquí: ¿estamos esperando que el paciente solicite una posibilidad que nadie le ha presentado?
Apreciado colega, piense por un momento en su establecimiento. ¿A cuántas personas que lo visitan les pregunta si les gustaría usar lentes de contacto? ¿A cuántas les explica que podrían alternarlos con sus anteojos? ¿Su equipo conoce y comunica esa posibilidad?
Y ahora la pregunta que espero, con toda cordialidad, que le incomode: ¿estamos descubriendo lo que el paciente desea y necesita, o recomendamos únicamente aquello que estamos habituados a ofrecer?
La contactología nos brinda una oportunidad clínica extraordinaria, así como de acercamiento. La adaptación y el seguimiento nos permiten encontrarnos de nuevo con el paciente, conversar, evaluar, analizar, resolver y aplicar nuestro conocimiento para mejorar su vida diaria. Cada visita lo lleva a comprender mejor sus ojos y reconocer el valor de nuestra labor. De esa cercanía nace la confianza. Entonces surgen nuevas conversaciones: cuándo usar lentes de contacto, qué anteojos elegir para otras actividades, su protección con anteojos de sol o si un familiar debería consultar. El paciente se siente libre de preguntar porque sabe que estamos atentos a su bienestar.
Para nuestros establecimientos, esa relación también abre oportunidades de crecimiento. Las visitas son más frecuentes, se abren oportunidades legítimas porque una recomendación responde a una necesidad real y cada visita aporta valor. La contactología puede acercarnos más al paciente, fortalecer su salud ocular y ampliar nuestra manera de servirle.
Pero queda una pregunta: ¿hemos superado nuestro propio mito?



