
Valentina Giraldo M.
Periodista de Franja Visual
Durante cuatro décadas, el optómetra Jaime Vargas ha acercado la atención visual a municipios, comunidades rurales y poblaciones históricamente desatendidas. Su labor clínica, administrativa y social lo ha convertido en un referente de la salud pública visual en Colombia.
En esta edición, de consulta y tecnología aplicada al diagnóstico ocular, Franja Visual reconoce a Jaime Vargas como personaje central. Este homenaje destaca una trayectoria profesional construida desde el territorio, la gestión pública y el compromiso con las comunidades.
Desde sus primeras jornadas de atención a niños en los municipios de Antioquia hasta la creación de programas departamentales que beneficiaron a numerosas personas, Jaime Vargas ha entendido la salud visual como una responsabilidad colectiva. Su historia también incluye proyectos de responsabilidad social, atención a comunidades dispersas y alianzas que han permitido ampliar el acceso a servicios especializados.
En conversación con Franja Visual, el optómetra recordó los momentos que marcaron sus 40 años de ejercicio profesional y compartió los proyectos con los que espera continuar contribuyendo a la salud pública visual.
Franja Visual (FV): Aunque nació en Pitalito, Huila, gran parte de su trayectoria y de su legado profesional se construyó en Antioquia. ¿Cómo comenzó ese recorrido?
Jaime Vargas (JV): Todo comenzó por circunstancias de la vida. Cuando salí de la universidad, me ofrecieron dos posibilidades laborales: Bucaramanga o Medellín. Decidí probar suerte en Bucaramanga como optómetra de una óptica comercial que contaba con equipos novedosos, como el Dioptrón.
Sin embargo, a los dos días comprendí que ese no era mi camino. No me sentía cómodo forzando la venta de anteojos o lentes de contacto. Renuncié de inmediato, tomé un vuelo hacia Medellín y ese mismo lunes, por la tarde, ya iba rumbo al municipio de Toledo, en el norte de Antioquia.
Así comenzó mi vida laboral. Trabajaba como optómetra clínico, “boliando retinoscopio”, y atendía a un promedio de 100 niños al día. Lo hacía de domingo a domingo, recorriendo los hospitales de la región.
(FV): Se dice que conoce los 125 municipios de Antioquia y que ha llegado a ellos por tierra, aire y vías fluviales. ¿Qué experiencia recuerda especialmente de aquellos primeros recorridos?
(JV): Recuerdo una experiencia de 1987, en el municipio de Urrao, una zona selvática bastante extensa. Salimos en helicóptero para atender a comunidades indígenas y afrodescendientes de Puntas de Ocaidó, pero las ayudas para la navegación aérea fallaron y nos perdimos. Llegamos casi hasta el límite con el departamento del Chocó.
Tuvimos que aterrizar de emergencia en el filo de un barranco. Allí nos recibió un niño indígena que sostenía un machete para defender su territorio. Afortunadamente, un campesino que viajaba con nosotros nos ayudó a orientarnos.
Al día siguiente, el helicóptero no pudo regresar a recogerme, así que me quedé pescando y contemplando el paisaje del río Arquía. Fue una experiencia maravillosa en lo profundo de la selva y uno de los momentos que reafirmaron mi vocación por trabajar con las comunidades dispersas.
(FV): Después de varios años de trabajo en campo, comenzó a participar en la estructuración de grandes programas gubernamentales. ¿Qué representaron iniciativas como “Futuro con Visión” y “Antioquia se hace ver”?
(JV): Estos programas demostraron lo que denominó “salud pública en vivo”: aquella que produce resultados inmediatos y visibles en el bienestar de las personas.
En 1995 lanzamos “Futuro con Visión”, un programa orientado a prevenir la ceguera y la ambliopía en menores de cinco años. Durante dos años logramos atender a 105.000 niños en todo el departamento y entregamos aproximadamente 2.500 anteojos.
Posteriormente, desarrollamos “Antioquia se hace ver”, una iniciativa pionera en el país. En este programa realizamos tamizajes y atendimos a población de entre 5 y 14 años. Beneficiamos a más de 300.000 niños y entregamos 14.500 anteojos.
Entregamos personalmente las ayudas visuales en un plazo inferior a tres semanas. De esta manera, buscábamos garantizar la oportunidad de la atención, el seguimiento y la calidad durante todo el proceso.
(FV): ¿Cómo se produjo la transición entre el ejercicio clínico en los municipios y el liderazgo administrativo en la Secretaría de Salud de Antioquia?
(JV): Después de recorrer los municipios, como un gitano con la carpa y los equipos, me establecí en Medellín e ingresé al equipo de salud pública de la Secretaría de Salud del departamento, que en ese momento era un referente nacional.
Tuve la fortuna de trabajar con grandes expertos y salubristas, muchos de ellos discípulos del Dr. Héctor Abad Gómez. Allí cursé estudios en gerencia y salud pública. También aprendí a articular las necesidades de las comunidades con los planes gubernamentales de desarrollo, con el propósito de gestionar y asegurar recursos para los programas.
Actualmente, tenemos en curso un proyecto que contempla una inversión de entre 4.000 y 6.000 millones de pesos. La iniciativa permitirá evaluar a 60.000 niños y entregar hasta 20.000 anteojos en el departamento.
(FV): Su trabajo social se extendió más allá de la atención visual. ¿Cómo comenzó su participación en programas de responsabilidad social y cirugías reconstructivas?
(JV): Hace 20 años me vinculé con la Clínica IQ Interquirófanos para desarrollar su programa de responsabilidad social, “Antioquia IQ te quiere”.
Por medio de esta iniciativa, hemos realizado cirugías gratuitas a niños con labio fisurado, paladar hendido, orejas en pantalla y alteraciones en las manos. Hasta el momento, hemos operado a más de 1.600 niños durante 28 jornadas.
También tuve la oportunidad de llevar a algunos de los mejores cirujanos de Colombia a mi pueblo natal, Pitalito. Además, logramos una alianza con el Club Rotario de Boston para desarrollar el programa “100 Sonrisas” en el Urabá antioqueño, mediante la articulación del trabajo de 35 especialistas provenientes de Estados Unidos.
(FV): Una trayectoria de esta magnitud también se construye con el respaldo de quienes acompañan el camino fuera del ámbito profesional. Detrás de los viajes, las jornadas y la labor en salud pública, ¿qué lugar han ocupado su esposa y sus hijos?
(JV): El apoyo de mi familia ha sido fundamental durante mi trayectoria. Marta, mi esposa, también es optómetra; nos conocimos en la universidad y nos casamos en Medellín en 1989. Aunque nuestras labores profesionales son complementarias, siempre hemos mantenido independencia y respeto por el trabajo de cada uno.
Nuestros hijos, Nicolás y Juan Daniel, nacieron en Antioquia y construyeron sus carreras por mérito propio. Nicolás es economista y trabaja como director de riesgo en una compañía financiera, mientras que Juan Daniel es ingeniero mecánico y trabaja de manera remota para una empresa estadounidense dedicada al desarrollo de estructuras civiles.
(FV): ¿Qué proyectos tiene previstos Jaime Vargas para los próximos años?
(JV): Continúo activo como miembro de la junta directiva de la Fundación IQ Te Quiere, que celebra veinte años de trabajo. También tenemos un proyecto muy especial llamado “El tren de la salud”.
Una trayectoria que continúa
La historia de Jaime Vargas refleja una forma de ejercer la optometría que trasciende el consultorio. Su recorrido por los municipios, su capacidad para convertir las necesidades de las comunidades en programas públicos y su participación en iniciativas sociales evidencian una trayectoria guiada por el servicio.
Tras cuatro décadas, su trabajo continúa proyectándose hacia nuevos escenarios. La experiencia acumulada en Antioquia se integra ahora a una conversación regional orientada a fortalecer la salud pública visual y promover modelos de atención más cercanos, oportunos y accesibles.



