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Suelen Abril: la especialista que hizo de las infancias su mayor escuela, del afecto una vocación y de la ciencia su camino

Por: Lina María Hurtado Escobar

Hay personas cuya vocación no se nota primero en el currículum, sino en la manera en que ocupan el espacio, en cómo escuchan, en cómo responden, en esa forma serena —pero firme— de hablar de aquello que aman. Con Suelen Abril Cruz ocurre algo parecido. Antes de conocer los años de estudio, los viajes, los casos clínicos o la experiencia acumulada, lo que aparece es otra cosa: una convicción honda, casi silenciosa, de que mirar a un paciente exige ver más de lo evidente.

Tal vez por eso su historia no se deja contar únicamente desde los títulos ni desde la especialidad que eligió, hay algo en ella que remite más a una forma de estar en el mundo que a una trayectoria contada en línea recta. Suelen habla de la infancia, del cerebro, de la terapia visual y del desarrollo humano como si todo formara parte de una misma trama y, en realidad, para ella, así ha sido: una conversación larga entre ciencia, intuición, familia, disciplina y vocación.

Mucho antes de coincidir personalmente, su nombre ya me resultaba familiar por esas dinámicas que deja el trabajo compartido a la distancia (coordinaciones, mensajes, ajustes, el ir y venir propio de un programa como Salud Visual Hoy), pero fue tiempo después, casi como ocurre con algunas historias que primero se anuncian y luego se revelan, cuando coincidimos en Bucaramanga, en medio de un evento de optometría. No hizo falta una escena grandilocuente para entender que detrás de la especialista había una mujer atravesada por algo más que el ejercicio clínico. En su manera de hablar se percibía una mezcla poco común de rigor y calidez; una especie de disciplina sensible que no suele improvisarse.

Esa impresión empezó a encontrar sentido cuando apareció el origen. En 2005, durante un diplomado, conoció a la doctora Luz Esperanza González, y algo en ese encuentro dejó una marca definitiva. “Yo dije: ‘Wow, me encanta el cerebro de la doctora Luz’”, recuerda. 

La frase conserva todavía el asombro de quien reconoce, de pronto, una ruta posible. No era solo admiración por una maestra; era el descubrimiento de una forma distinta de comprender la salud visual. A partir de ahí, la profesión dejó de ser únicamente una elección para convertirse en una búsqueda más profunda. Después vendrían otras maestras, otras referencias, otras mujeres que fueron ampliando esa visión, como Marcela Camacho, Laura Centeno y Berenice Velázquez; pero en el fondo, el hilo ya estaba tendido en la certeza que detrás de los ojos había un territorio mucho más amplio por comprender.

El camino de construir para otros y para sí misma

Y si esa etapa fue la semilla, los niños terminaron siendo la tierra fértil donde la vocación echó raíces. Suelen lo dice con una claridad que no necesita adornos: “Lo que más me ha motivado viene a ser la población que me da vida”. No es una frase ligera, en ella cabe el cansancio, la entrega, la ternura y también la responsabilidad de trabajar con pacientes que no llegan solos, sino acompañados por familias enteras, por miedos, por expectativas, por silencios que también hay que aprender a leer. En su relato, la infancia no aparece como un escenario amable, sino como un territorio complejo y profundamente humano, donde el conocimiento técnico tiene que convivir con la empatía.

De ahí que su práctica nunca se haya limitado a una intervención visual en sentido estricto. Con el tiempo, entendió que trabajar con niños exigía algo más que saber mirar una función ocular,  había que aprender a escuchar un entorno. “No solamente tiene que gustarte los niños, sino tienes que entender a cada familia”, dice, y es a partir de allí, donde se empieza a ordenar su forma de ejercer. 

La consulta, en su caso, no parece un lugar de paso, sino un espacio donde se construyen vínculos, rutinas, pequeñas confianzas que a veces duran meses o años, por eso, también habla de las despedidas con una sinceridad poco habitual, porque cuando un proceso termina, no solo se cierra una terapia, también se interrumpe una presencia compartida.

Esa cercanía, sin embargo, no le ha restado rigor; más bien parece haberlo afinado. A medida que avanzó en la profesión, fueron los mismos pacientes quienes la empujaron a buscar más. “Los pacientes han sido mis mejores maestros”, afirma. Y detrás de esa respuesta hay viajes, estudio, cursos, formación fuera del país, horas de revisión y la decisión de no aceptar respuestas a medias cuando un caso exigía profundidad. En este sentido, Colombia, México, España y Estados Unidos le fueron aportando piezas a una mirada construida desde el aprendizaje continuo, pero también desde una necesidad muy concreta que se basó en reunir el conocimiento y la experiencia necesarios para abrir su propio centro y ofrecer a sus pacientes una atención cada vez más sólida e integral.

Luego vino otra etapa, menos visible pero igualmente decisiva: la de convertir esa formación en una estructura real, porque no basta con saber, si no existen materiales, protocolos, herramientas y organización para sostener lo que se quiere hacer. En su caso, abrir su propio centro implicó precisamente la construcción, paso a paso, de las condiciones para que el conocimiento adquirido pudiera traducirse en tratamientos de calidad. Veinte años después de aquella primera experiencia que la conectó con Colombia, ese espacio se ha fortalecido con recursos, profesionales capacitados y una capacidad clínica que le permite asumir casos complejos con mayor solidez. 

Quizá por eso una de las imágenes que mejor la define sea la que ella misma utiliza: “Nosotros como profesionales de la visión somos como alfareros…”. La metáfora no es decorativa. El alfarero no trabaja desde la prisa ni desde la fuerza, sino desde la observación y el cuidado; acompaña la forma, la sostiene, entiende que cada material responde de manera distinta. Así parece haber entendido Suelen su profesión, como una práctica sustentada en la ciencia, sí, pero profundamente atravesada por la singularidad de cada paciente, familia, y cada cerebro en desarrollo.

La vida que sostiene la profesión

Fuera del consultorio, esa misma sensibilidad busca otras formas de equilibrio, como el mar, la natación, las aguas abiertas, el tiempo con sus hijos, los almuerzos y cenas compartidas; la necesidad de estar presente. Nada de eso aparece en su historia como adorno personal, sino como parte de una ética de vida. “Nosotros vamos a ser los fantasmas de nuestros hijos, así es que hay que dejarles buenos recuerdos”, reflexiona. Y la frase, tan bella como dura, revela a una mujer que ha entendido que cuidar también implica elegir dónde estar, qué preservar y qué recuerdos vale la pena construir.

En ese entramado, su familia ha sido sostén, compañía y motor. Su esposo, sus padres, sus hermanos, sus hijos, todos aparecen en su relato no como agradecimiento de cierre, sino como parte real del camino. “Sin mi esposo y sin mis papás y mis hermanos también, no hubiese sido capaz”, reconoce. Incluso su maternidad se entrelazó con su crecimiento profesional de forma casi simbólica: con un hijo llegó un centro; con el otro, una nueva oficina. Como si la vida, en lugar de obligarla a dividirse, le hubiera enseñado a crecer desde varios lugares al mismo tiempo.

Y cuando finalmente habla del legado, vuelve al punto esencial. No menciona prestigio ni reconocimiento, habla, más bien, de una mirada. “Ver al niño como un cerebro a futuro”, dice. Allí están, condensados, los años de estudio, la práctica, la intuición, la experiencia y la ternura disciplinada con la que ha ejercido su profesión, porque para Suelen Abril Cruz la salud visual nunca ha sido solo un asunto de ojos, ha sido, desde siempre, una forma de acompañar el desarrollo de un ser humano.

Tal vez por eso su historia deja una impresión que permanece, la de una profesional que no solo aprendió a ver mejor, sino a mirar más hondo. Y que, en un oficio atravesado por la precisión, la técnica y la evidencia, ha sabido conservar algo igual de importante: la capacidad de reconocer que detrás de cada mirada hay una vida en construcción.

 

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