HomeLABORATORIOS ÓPTICOSLentes digitales: el reto de convertir tecnología en valor real

Lentes digitales: el reto de convertir tecnología en valor real

Un paciente entra a la óptica, se sienta, se le realiza un examen visual, elige la montura y, al final, se lleva un lente con el que logra una buena agudeza visual. Sin embargo, días después vuelve con una sensación difícil de explicar: dice que ve, pero no como esperaba; que siente fatiga al pasar de una tarea visual a otra; que la imagen cambia cuando mueve la mirada; o que, aunque no está incómodo del todo, la experiencia tampoco termina de sentirse natural. Ese escenario, resume una de las discusiones más importantes que hoy atraviesa a los laboratorios y ópticas: la diferencia entre corregir la visión y optimizarla, de acuerdo con las necesidades reales del usuario

Ese fue, justamente, el eje que atravesó varias conversaciones recientes entre voces del sector óptico latinoamericano. Más allá del entusiasmo por la talla digital, la pregunta de fondo ya no es si esta tecnología existe o si funciona, sino cómo se está entendiendo, cómo se está ofreciendo y, sobre todo, cuánto valor real se le está permitiendo expresar en el mercado, porque la industria ha avanzado, los laboratorios han invertido, pero ese desarrollo no siempre se traduce en una comunicación clara hacia la óptica ni, mucho menos, hacia el usuario final.

¿Por qué los lentes digitales?

Para Johana Dávila, directora de gestión de marcas en Laboratorio Australens, la respuesta empieza por una diferencia estructural frente a la talla convencional; más que reducir la conversación a una oposición entre un lente “básico” y otro “avanzado”, su planteamiento apunta a entender que en la talla digital cambian el diseño, la maquinaria, el proceso de fabricación, la precisión del tallado y el nivel de personalización que puede alcanzarse.

Sin embargo, la diferencia más importante, según lo planteado, está en incorporar variables como la precisión y personalización, que terminan impactando directamente la percepción del usuario. “Nosotros no vendemos unas gafas, nosotros no vendemos unos lentes, nosotros vendemos experiencia visual y, más importante todavía, salud visual”, afirmó. 

Ese punto es clave porque permite salir de una comparación superficial entre un lente convencional y uno digital, ya que, no se trata simplemente de decidir entre uno “más barato” y otro “más sofisticado”, sino de comprender que el lente convencional parte de un diseño más estandarizado, mientras que el digital puede construirse con base en la forma en que una persona realmente usa su visión. Y eso, en la práctica, significa contemplar la distancia al vértice, el ángulo pantoscópico, el ángulo panorámico, la distancia interpupilar, la posición pupilar, el tipo de actividad visual, el tiempo frente a pantallas, los hábitos de lectura o incluso la dinámica de mirada. 

Por su parte, Juliana Cadavid, desde Horizons Optical llevó esa discusión al terreno de la visión sencilla —un segmento donde todavía domina el lente terminado— en el que existe una brecha importante entre lo que el mercado suele brindar y lo que hoy podría ofrecerse. Su planteamiento no se centró en descalificar al lente terminado, sino en poner en contexto sus alcances y límites. Un terminado puede resolver la necesidad visual, sí, pero eso no significa que entregue la mejor calidad óptica percibida, la mejor estética o la mejor adaptación posible. De hecho, uno de sus argumentos más sólidos fue mostrar que, desde la misma estructura óptica, un lente esférico y terminado ya arranca con ciertas limitaciones en aspectos como la aberración esférica, magnificación, minificación, espesor y tamaño de la zona óptica útil. Cuando esa misma fórmula se lleva a una geometría asférica, atórica o a un lente digital con mayor nivel de personalización, la experiencia visual cambia.

¿Se están prescribiendo lentes digitales en América Latina?

La respuesta corta sería sí, pero no de manera suficiente ni homogénea. Carlos Abondano, O.D. Gerente Schneider-OM Latin America, planteó que el mercado sí conoce el concepto de lente digital o freeform, pero no siempre lo traduce a una argumentación sólida frente al paciente. Además, ese conocimiento suele concentrarse casi exclusivamente en los progresivos, mientras que en visión sencilla todavía se subestima el valor de la talla digital. En muchos casos, la decisión sigue determinada por el precio, la inmediatez de entrega o la costumbre de trabajar con lentes terminados, especialmente en graduaciones bajas, donde el mercado tiende a asumir que “cualquier lente funciona”.

Sin embargo, el problema no parece ser solo de desconocimiento técnico, sino de cómo se ha construido comercialmente la conversación. Cuando la diferencia entre un lente básico y uno digital se presenta solo como un salto de precio o como una categoría Premium abstracta, se dificulta que el usuario comprenda el beneficio real.

¿Cómo se deberían presentar y ofrecer los lentes digitales?

La respuesta no está en un folleto técnico ni en una tabla de especificaciones, está en la capacidad de traducir tecnología en beneficio real.

Tanto Johana Dávila como Juliana Cadavid coincidieron en que la óptica y el laboratorio deben dejar de hablar solamente en términos de algoritmo, superficie, curva o freeform, y empezar a explicar lo que el paciente realmente puede ganar: más confort, mejor estabilidad de imagen, adaptación más natural, mejor estética, mayor campo útil y una solución pensada para su estilo de vida.

En este punto, la forma de presentar el producto es determinante. No todos los pacientes necesitan el mismo discurso. Algunos priorizan rapidez; otros comparan precio; otros necesitan detalles técnicos; otros valoran la estética; y otros solo esperan que alguien les explique con claridad qué están comprando y por qué les conviene.

Esa capacidad de leer al cliente y ajustar la conversación es esencial. Dávila lo resumió bien al insistir en que primero hay que entender “qué tipo de cliente tengo al frente” y, a partir de ahí, construir el discurso. No es lo mismo hablarle a un paciente que trabaja diez horas frente a dos pantallas que a uno que conduce largas distancias, hace deporte o prioriza la estética del lente.

Por eso, los lentes digitales no deberían ofrecerse como un lujo abstracto ni como un producto de “gama alta” desconectado de la realidad. Deberían ofrecerse como una respuesta lógica a una necesidad concreta. Si el paciente entiende que ese lente fue pensado para la forma en que vive, trabaja y se mueve, el precio deja de ser el único criterio.

Carlos Abondano llevó esta idea a un plano comercial muy claro: el problema no es solo que el producto exista, sino que muchas veces se presenta como un salto demasiado grande frente al básico. Si entre el lente sencillo y el digital hay una brecha inmensa en discurso y en precio, el paciente tenderá a quedarse en la opción inferior. En cambio, si se le ayuda a comprender el beneficio, esa distancia se acorta.

¿Qué hay detrás de un lente oftálmico digital?

Detrás de un lente digital hay mucho más que una máquina avanzada. Hay diseño óptico, algoritmos, datos, procesos de control, selección de materiales, parámetros de posición de uso, trazabilidad y una lógica de personalización que exige criterio clínico y precisión industrial.

El laboratorio no solo fabrica. Interpreta, calcula, optimiza y transforma información en una superficie útil para la visión humana. En ese sentido, la talla digital exige mucho más que infraestructura. Exige formación.

Johana Dávila fue enfática en esto: el laboratorio tiene la responsabilidad de capacitarse continuamente y de formar también a sus clientes. No basta con recibir información del fabricante del diseño o del proveedor de maquinaria. Ese conocimiento tiene que convertirse en herramientas de venta, soporte técnico y argumentos clínicos para la óptica.

Además, la fabricación de un lente digital requiere un punto de partida indispensable: la toma correcta de medidas y parámetros, siendo la materia prima de la personalización.

En este punto, Juliana Cadavid fue particularmente clara: si no se respetan esas variables, el valor del lente se pierde. Un buen diseño puede deteriorarse si el centrado, la trazabilidad o el ingreso de parámetros fallan. Y eso significa que no basta con tener tecnología; hay que usarla bien.

A esto se suma otro aspecto clave: la versatilidad en materiales. En un entorno digital, el laboratorio puede ofrecer una gama más amplia de combinaciones entre diseño, material, índice y tratamiento, sin depender exclusivamente del stock de lentes terminados. Eso mejora la respuesta al mercado, pero también exige una comprensión más profunda de las propiedades ópticas y estéticas de cada material.

En otras palabras, detrás de un lente digital no solo hay freeform, hay un ecosistema técnico y humano que debe funcionar con coherencia.

¿Cómo se acompaña un lente oftálmico digital?

Se acompaña antes, durante y después de la venta.

Antes, con formación. El laboratorio debe apoyar a la óptica en entender el producto, diferenciarlo, justificarlo y convertirlo en una solución clara para el paciente. Si ese conocimiento no llega al punto de venta, la tecnología se queda encerrada en la planta de producción.

Durante, con herramientas. No basta con decir que el lente es mejor, hay que mostrarlo, explicarlo y hacerlo tangible. Aquí aparece uno de los grandes pendientes del sector: desarrollar materiales, simulaciones, gráficos, mapas y recursos visuales que permitan a la óptica ilustrar mejor la diferencia entre un lente estándar y uno digital.

Y después, con seguimiento. Un lente digital no debería entregarse como un producto más. Si fue personalizado, ese valor debe sostenerse en el acompañamiento al usuario, en la verificación de la adaptación y en la posibilidad de ajustar la recomendación según su experiencia visual.

En el fondo, acompañar un lente digital significa asumir que no se está entregando solo un insumo óptico, sino una solución de salud visual, y si ese es el enfoque, entonces el laboratorio, la óptica y el profesional de la visión deben actuar como una comunidad y no como eslabones aislados.

El verdadero reto: construir valor compartido

La discusión sobre lentes digitales no es solo tecnológica; también es comercial, clínica, pedagógica y ética.

La industria ya desarrolló herramientas poderosas: los laboratorios han invertido en maquinaria, software, diseños y procesos, pero el mercado todavía necesita una mejor traducción de todo ese esfuerzo hacia la práctica cotidiana.

El gran reto no es demostrar que el lente digital existe, sino lograr que su valor sea entendido, bien presentado y correctamente ofrecido, lo que implica educar más, medir mejor, escuchar al paciente, entender su estilo de vida y salir del discurso genérico.

Al final, como se reiteró en estas conversaciones, el lente digital no vale más por ser digital, vale más cuando esta tecnología consigue mejorar realmente la experiencia visual de quien la usa. Y esa es, precisamente, la tarea pendiente y urgente de toda la cadena óptica: dejar de pensar solo en vender lentes y empezar a construir soluciones visuales con sentido.

 

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here

Leer más

spot_img
add_action('tdc_before_block_wrap', function() { if (is_category('sistema-refractivo')) { ?> });