HomeLaboratoriosLos tratamientos de superficie redefinen el valor del lente oftálmico

Los tratamientos de superficie redefinen el valor del lente oftálmico

En la evolución del lente oftálmico, buena parte de la atención suele concentrarse en el diseño óptico, los materiales o los procesos de fabricación. Sin embargo, hay otra capa del desarrollo que ha ganado peso en los últimos años y que sigue modificando la oferta de valor del sector: los tratamientos de superficie. En ese terreno, la discusión ya no gira solo alrededor del antirreflejo o del antirrayas como procesos separados, sino en torno a cómo integrarlos, combinarlos y hacerlos más eficientes dentro del laboratorio.

Así lo planteó Óscar Silio, director de ventas para Bühler Leybold Optics en América, durante una conversación centrada en el presente y el futuro de los procesos aplicados sobre el lente oftálmico. Desde su perspectiva, los tratamientos siguen siendo un componente decisivo dentro de la propuesta final del producto. “Los tratamientos es lo que agrega valor al lente”, afirmó, al resumir una idea que ha marcado buena parte de la innovación reciente en esta área.

Uno de los desarrollos que destacó fue la posibilidad de realizar el tratamiento antirrayas dentro de la misma cámara de antirreflejo, completando ambos procesos en una sola etapa y en seco. Según explicó, se trata de una alternativa distinta a los sistemas tradicionales de inmersión o spin coating, que han sido durante años las rutas habituales para aplicar capas duras antes del antirreflejo. La diferencia, en este caso, está en que el tratamiento puede completarse dentro de la máquina, sin químicos líquidos y en un flujo más compacto.

De acuerdo con Silio, esta tecnología ya fue calificada para varios materiales del mercado desde el año pasado y se encuentra en una fase avanzada de validación, con algunos laboratorios seleccionados para probarla en condiciones reales de producción. Ese paso, aclaró, es necesario porque no basta con verificar el comportamiento del sistema a escala de laboratorio; también hay que observar su respuesta en volúmenes de trabajo mucho mayores, donde la exigencia industrial cambia por completo.

Ante la posibilidad de que un laboratorio quisiera actualizar una máquina tradicional para incorporar este proceso, Silio fue enfático: “Lamentablemente no”. Explicó que el desarrollo requiere una fuente de plasma especial, además de otros insumos y condiciones de polimerización que no forman parte de la arquitectura convencional de una cámara de antirreflejo. En ese sentido, más que una mejora incremental, la propuesta implica una nueva configuración de equipo.

Esa limitación, sin embargo, no elimina uno de los argumentos que más peso puede tener para el laboratorio: el ahorro de espacio y la compactación del proceso. Frente a líneas de inmersión largas o configuraciones que obligan a repartir etapas en diferentes estaciones, una máquina capaz de hacer antirrayas y antirreflejo en el mismo sistema introduce otra lógica de operación.

En cuanto a disponibilidad regional, Silio señaló que ya existe un equipo en Brasil, otro en Guatemala y uno más en Estados Unidos con capacidad para aplicar esta tecnología. Por ahora, la expansión será gradual, con un número limitado de laboratorios en esta primera etapa, mientras termina de consolidarse su implementación en producción real.

Más allá de este desarrollo puntual, la entrevista abrió otra discusión importante: la evolución de las películas y capas funcionales sobre el lente. Allí, según explicó, el objetivo actual ya no es solo sumar propiedades, sino combinarlas sin que una afecte negativamente a la otra. Ese es, por ejemplo, el caso de los tratamientos antiempañantes. Durante un tiempo, uno de los dilemas del mercado fue que ciertas soluciones anti-fog obligaban a sacrificar calidad en otras prestaciones del lente. Lo que hoy se busca, en cambio, es compatibilizar esas capacidades.

Otro frente de discusión fue el de los filtros y los colores funcionales. En los últimos años, el mercado ha visto cómo se amplía la conversación alrededor del filtrado más allá del ultravioleta, con énfasis sucesivos en luz azul, infrarrojo y otras franjas del espectro. Sobre este punto, Silio introdujo una precisión relevante: en oftálmica, el único filtro que puede bloquearse al 100 % es el ultravioleta. En el caso de otras longitudes de onda, explicó, el trabajo se hace siempre con porcentajes parciales, porque un bloqueo total alteraría la percepción cromática y la calidad de la visión.

Ese matiz tiene implicaciones tanto técnicas como comerciales. Según sostuvo, el problema no está solo en cómo se fabrica el tratamiento, sino también en cómo se comunica al usuario final. Los filtros para luz azul o infrarrojo pueden cumplir una función específica dentro de ciertos límites, pero no deben presentarse como bloqueos absolutos.

En paralelo, el aumento de colores en lentes fotocromáticos y tinturados respondió, a juicio de Silio, más a una tendencia estética que a una necesidad óptica estricta. Tonos verdes, naranjas, púrpuras o rojizos están ganando terreno, pero principalmente como parte de una conversación con la moda y el diseño de monturas.

Así, la superficie del lente sigue siendo uno de los espacios donde de manera más clara se juega la diferenciación del producto. No solo por la incorporación de nuevas funciones, sino por la manera en que esas funciones se articulan entre sí y responden a las exigencias del laboratorio, del mercado y del usuario. En ese frente, la innovación no parece dirigirse hacia un único tratamiento revolucionario, sino hacia procesos más integrados, equipos más compactos y combinaciones más estables entre estética, protección y desempeño óptico.

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