En el sector óptico hay una transformación que avanza con fuerza, aunque no siempre sea visible para quien finalmente usa el producto. Mientras buena parte de la conversación comercial sigue girando alrededor de monturas, recubrimientos y precio, el diseño de los lentes oftálmicos ha venido atravesando una evolución profunda, impulsada por software, nuevos sistemas de cálculo, procesos de fabricación FreeForm y una creciente capacidad de personalización. El resultado no es menor: hoy la industria ya no habla solamente de corregir la visión, sino de diseñar experiencias visuales más ajustadas a la vida real del usuario.
Ese fue, precisamente, uno de los ejes centrales de una reciente conversación entre tres expertos vinculados a la industria global de los lentes oftálmicos: Juliana Cadavid, Joel Caro y Gabriel Martín. Desde distintas perspectivas, los tres coincidieron en que el diseño digital representa una de las áreas de mayor evolución dentro del mundo óptico, no solo por el desarrollo matemático y tecnológico que lo sostiene, sino por su capacidad de responder de forma más precisa a las exigencias visuales contemporáneas. En un entorno donde las personas alternan pantallas, conducción, movilidad y múltiples distancias focales a lo largo del día, la demanda sobre el sistema visual es muy distinta a la de hace apenas unas décadas.
¿Qué tanto entiende el usuario sobre los lentes digitales?
Sin embargo, ese salto tecnológico no siempre se traduce en comprensión dentro del mercado. Uno de los puntos más reiterados por los panelistas fue que el consumidor, en general, todavía sabe poco o nada sobre lo que implica un lente digital, es decir, llega a la óptica con una necesidad concreta, pero sin una idea clara de las diferencias que existen entre una solución convencional y una diseñada con herramientas avanzadas de personalización. En otras palabras, usa el producto final, pero desconoce el nivel de desarrollo que hay detrás de él.
Para Juliana Cadavid, esa brecha informativa pone una responsabilidad particular sobre la industria, las ópticas y los laboratorios. A su juicio, el paciente no suele saber qué puede esperar de un lente digital, a menos que alguien se lo explique de manera adecuada. En ese mismo sentido, Martín coincidió en que el usuario no alcanza a dimensionar la complejidad geométrica y tecnológica que hoy puede tener incluso una lente monofocal. Y Joel Caro añadió un matiz importante: aunque existe un consumidor cada vez más informado, especialmente en generaciones más jóvenes, esa información sigue siendo limitada y, en muchos casos, está más asociada a recubrimientos o monturas que al diseño mismo del lente.
La discusión dejó ver, así, un problema de fondo que se basa en que la industria ha avanzado más rápido que su capacidad para comunicar ese avance. Y no se trata solamente de explicar fórmulas, superficies o algoritmos, sino de traducir la tecnología en beneficios comprensibles para la vida cotidiana. En ese punto, los expertos coincidieron en que el error ha sido querer hablar desde lo técnico cuando, en realidad, el usuario responde mejor a una conversación centrada en confort, calidad visual, adaptación y desempeño diario.
El reto de las ópticas: vender beneficios, no complejidad

Esa necesidad de cambiar el lenguaje también involucra directamente a las ópticas. Según lo expuesto en la conversación, una parte del canal sigue viendo el lente como un producto que resuelve una fórmula y entrega agudeza visual, pero no necesariamente como una herramienta capaz de transformar la experiencia del usuario. Allí, el concepto de lente digital suele perderse frente a una lógica comercial dominada por el precio, la venta rápida o la promoción de elementos más visibles, como la montura. Para los especialistas, esa reducción del discurso limita el valor real que estos desarrollos pueden tener dentro del punto de venta.
La reflexión fue aún más allá. Joel Caro señaló que hoy el consumidor ya convive con un lenguaje tecnológico en otros ámbitos de su vida y que, por tanto, el sector óptico podría aprovechar mejor esa familiaridad. Pero para hacerlo, insistió, no basta con mencionar innovación; hace falta relacionarla con situaciones concretas. Más que decirle al paciente qué tipo de cálculo se hizo sobre la superficie, habría que mostrarle cómo ese diseño puede ayudarle a sentirse mejor durante la jornada, a adaptarse más rápido o a desempeñarse con mayor comodidad en sus actividades diarias.
Desde el campo del diseño y desarrollo, Gabriel Martín subrayó que la evolución de los lentes digitales ha estado marcada, sobre todo, por la posibilidad de optimizar correcciones, reducir aberraciones y adaptar mejor el comportamiento óptico a las condiciones reales de uso. En el caso de los progresivos, explicó, la carrera tecnológica ha estado enfocada en minimizar las zonas molestas y redistribuir mejor las aberraciones inevitables de este tipo de diseño. En las monofocales, por su parte, también ha habido avances significativos frente a las geometrías tradicionales, aunque esas diferencias no siempre son percibidas o comunicadas como deberían.
De fabricar lentes a diseñar experiencias visuales
Juliana Cadavid planteó que el verdadero cambio de paradigma ha sido pasar de fabricar lentes a diseñar experiencias visuales, ya que no se trata únicamente de responder a una prescripción, sino de entender cómo vive, mira y se mueve cada usuario. Bajo esa lógica, los cálculos punto a punto, la personalización y la consideración del estilo de vida dejan de ser un valor agregado secundario para convertirse en el centro mismo del desarrollo. El lente deja de ser una superficie estándar y pasa a concebirse como una respuesta más individual.
Esa evolución, sin embargo, depende de un factor que todavía sigue generando barreras en América Latina: la toma de medidas. Los expertos reconocieron que el sector aún enfrenta resistencia al cambio cuando se trata de incorporar más datos para la fabricación. Alturas, distancias, ángulos y otros parámetros siguen sin ser tomados de forma sistemática en muchos casos, ya sea por desconocimiento, falta de entrenamiento, rotación de personal o subestimación de su impacto en el resultado final. El problema, según coincidieron, no es solo operativo, sino cultural: todavía hay quienes no entienden por qué esa información importa.

Cuanta menos información se recoge, menos se aprovecha el potencial real de un diseño digital. Para Joel Caro, el reto está en hacer entender que un mejor producto final depende directamente de la calidad de los datos de entrada. Gabriel Martín añadió que incluso en lentes monofocales esa información puede ser decisiva, sobre todo en fórmulas altas. Y Juliana Cadavid remarcó que, si el personal de óptica no comprende la relevancia de esas medidas ni las consecuencias de estandarizarlas, difícilmente podrá valorar lo que implica la personalización.
El laboratorio óptico y la consolidación del cambio
En este escenario, el laboratorio óptico aparece como un actor clave. Los tres especialistas coincidieron en que los laboratorios han incrementado sus inversiones, se han modernizado y hoy ocupan un papel fundamental en la consolidación de esta tecnología en la región. Desde esa perspectiva, América Latina atraviesa una etapa de crecimiento importante en la adopción de procesos digitales, con laboratorios que no solo incorporan equipamiento, sino que buscan diferenciarse a través de calidad, valor añadido y soluciones más avanzadas.
Pero ese crecimiento también enfrenta tensiones. Juliana Cadavid advirtió que, mientras la industria y los laboratorios piensan en cómo elevar el nivel tecnológico, el mercado muchas veces sigue empujando hacia opciones más económicas. Esa presión por el precio, dijo, puede terminar frenando el posicionamiento de productos con mayor desarrollo. Aun así, la sensación compartida por los panelistas fue que la región se encuentra en una etapa favorable: la tecnología digital ya ganó espacio frente a la producción convencional y ahora el gran reto está en comunicar mejor su valor y asegurar que ese desarrollo llegue efectivamente hasta el usuario final.
Así, el problema de los lentes digitales ya no parece estar en su capacidad técnica, sino en la manera en que el sector logra conectarlos con la realidad del mercado. La tecnología existe, evoluciona y ofrece mejoras concretas, pero todavía necesita ser mejor explicada, mejor medida y mejor traducida en beneficios cotidianos.
En una vida visual cada vez más exigente, dinámica y saturada de estímulos, ese esfuerzo no es menor. Porque, al final, el usuario no necesita entender toda la matemática detrás del lente; necesita sentir que ve mejor, que se adapta mejor y que su solución visual realmente responde a la forma en que vive.



