“Me rascan mucho los ojos, se me ponen rojos, a veces veo borroso y siento piedritas, me siento cansado y como que tengo que parpadear para aclarar la visión”. “¿Y eso te pasa también con tus anteojos?”. “Sí, doctor, siempre”. Este tipo de expresiones se hacen cada vez más comunes en nuestra consulta y están directamente relacionadas con la superficie ocular, en la que se reflejan muchas condiciones visuales y del estilo de vida de nuestros pacientes.
Cuando se analiza la superficie ocular únicamente desde el ojo seco, ya estamos frente a una condición altamente prevalente, con cifras que oscilan entre el 10 % y el 30 % de la población. La conjuntivitis es una de las causas más frecuentes de consulta en atención visual primaria. En adultos, la evidencia indica que la forma viral es predominante, representando aproximadamente entre el 50 % y el 75 % de los casos de conjuntivitis infecciosa, mientras que la conjuntivitis bacteriana es menos frecuente en este grupo. En contraste, en población pediátrica, las infecciones bacterianas pueden ser más comunes. En términos generales, se estima que hasta el 6 % de la población presenta al menos un episodio de conjuntivitis infecciosa cada año, lo que confirma la alta frecuencia de estas condiciones dentro del espectro de la superficie ocular.
Al ampliar la mirada sobre otras condiciones que hacen parte del mismo sistema, como enfermedades alérgicas oculares, blefaritis, disfunción de glándulas de Meibomio, alteraciones por bacterias o virus y alteraciones palpebrales, la magnitud del problema es considerablemente mayor.
Por ejemplo, la alergia ocular puede afectar entre el 15 % y el 40 % de la población; la blefaritis y disfunción de glándulas de Meibomio se han reportado en más del 30 % al 50 % de los pacientes que consultan; y condiciones infecciosas o inflamatorias de párpados y superficie ocular representan un motivo frecuente de consulta en atención primaria visual. Desde una perspectiva clínica, esto confirma que la superficie ocular, entendida como un sistema integral, está comprometida en un porcentaje muy alto de la población, lo que refuerza su relevancia como uno de los principales ejes de la práctica optométrica y oftalmológica actual.
Más allá de la molestia, el impacto es funcional: la evidencia muestra que la superficie ocular alterada reduce la calidad visual, especialmente en tareas sostenidas como la lectura o el uso de pantallas; disminuye el desempeño y afecta significativamente la calidad de vida, en niveles comparables a enfermedades sistémicas moderadas.
Este panorama ha sido ampliamente documentado por consensos internacionales como TFOS DEWS II y su actualización DEWS III, así como por estudios publicados en revistas como The Ocular Surface y JAMA Ophthalmology, que coinciden en señalar que estamos frente a una condición altamente prevalente, subdiagnosticada y con un impacto creciente en la vida diaria de los pacientes.
Así las cosas, la superficie ocular se convierte en un ecosistema dinámico, en equilibrio permanente, donde interactúan la película lagrimal, la córnea, la conjuntiva, los párpados, las glándulas de Meibomio, la inmunidad, el sistema nervioso y hasta el estado emocional. Y cuando ese equilibrio se rompe, ya no basta con “hidratar”. Hoy entendemos que hay inflamación, disfunción glandular, alteraciones neurosensoriales, alteraciones emocionales, presencia de microorganismos como Demodex y una serie de factores que exigen una mirada más integral.
El diagnóstico dejó de ser aproximado. Ahora hablamos de medir, observar e interpretar con tecnología: meibografía, BUT no invasivo, menisco lagrimal, mapas de superficie corneal, biomarcadores, inteligencia artificial, entre otros, lo cual nos exige, por el bienestar de nuestros pacientes, una alta agudeza clínica y un abordaje responsable de la superficie ocular.
Y en ese mismo camino, el tratamiento también está evolucionando. Hoy vemos cómo aparecen terapias más específicas, con mecanismos de acción mejor definidos, orientadas no solo a aliviar síntomas sino a intervenir las causas reales del problema. También vemos cómo condiciones antes subestimadas, como la blefaritis por Demodex, pasan a ocupar un lugar central en la consulta diaria. Esto cambia la conversación con el paciente. Y cambia, por supuesto, la forma en que generamos valor desde la consulta.
Todo esto nos lleva a una reflexión muy clara. La superficie ocular no es un tema más dentro de la consulta: es un eje fundamental. Es, cada vez más, el punto de partida. Es donde comienza la experiencia del paciente. Es donde se define su comodidad. Y, en muchos casos, es donde se decide si continúa o no con nosotros.
Por eso, esta edición especial de FRANJA VISUAL va más allá de actualizar información. Busca invitar a pensar, a revisar lo que estamos haciendo, a cuestionar lo que damos por sentado y, sobre todo, a aprovechar esta nueva etapa del conocimiento para crecer como profesionales y como sector.



