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De óptica familiar a solución tecnológica para laboratorios

La historia de Rogelio Elena no empieza con un robot ni con una bodega automatizada. Empieza mucho antes, en Casilda, una ciudad argentina donde su apellido ya formaba parte del sector óptico desde hacía décadas. Allí, hace 85 años, su abuelo —un maestro de escuela con espíritu emprendedor— fundó una óptica con laboratorio propio, en una época en la que el trabajo óptico se construía con oficio, paciencia y una precisión casi artesanal.

Rogelio no alcanzó a conocerlo. Su abuelo falleció cuando él tenía apenas un año, pero la empresa permaneció como una presencia constante en la vida familiar. Después fue su padre quien asumió el rumbo del negocio y mantuvo en marcha esa primera herencia: una óptica con laboratorio propio, de esas que en aquel tiempo resolvían internamente buena parte del oficio, entre máquinas, lentes y conocimiento acumulado. 

Con los años, y casi sin romper con esa lógica inicial, el laboratorio empezó a prestar servicios a algunos clientes de la zona. Era todavía un crecimiento discreto, pero allí comenzaba a abrirse el camino que, años después, Rogelio se encargaría de ampliar.

Entre la disciplina y el oficio familiar

Antes de incorporarse a esa historia, sin embargo, Rogelio tuvo una formación muy distinta. A los 13 años ingresó a un instituto militar dependiente de la Fuerza Aérea Argentina, donde, de domingo a viernes vivía interno, lejos de su casa, en una etapa en la que la disciplina, el estudio y la convivencia marcaron su carácter. 

En ese instituto estudió, cumplió una exigente formación académica y recibió instrucción militar. Al finalizar, obtuvo el grado de alférez de reserva de la Fuerza Aérea Argentina. 

Cuando terminó esa etapa, Rogelio eligió la óptica. O, tal vez, la óptica lo fue llamando poco a poco desde los pasillos de aquel negocio en el que trabajaban sus padres y donde él empezó a reconocer un mundo propio. 

Estudió óptica durante tres años, luego contactología y, mientras avanzaba en su formación, ya se acercaba a la empresa, viajaba, ayudaba y observaba. Fue a los 21 años cuando se incorporó con mayor firmeza, no solo para continuar lo que existía, sino para preguntarse hasta dónde podía crecer.

Para entonces, Laboratorio Elena aún conservaba mucho de su origen artesanal, aunque ya empezaba a mirar más allá de la óptica. Rogelio no llegó solo con la intención de continuar lo que existía, sino con la inquietud de hacer crecer el laboratorio, a través del interés que le generaba la producción, la mecánica y la posibilidad de mejorar procesos. No quería limitarse a administrar una herencia; quería transformarla.

Esa inquietud tenía raíces familiares. Uno de sus abuelos era mecánico de camiones y, de alguna manera, Rogelio heredó esa fascinación por las máquinas, los motores y las piezas que pueden volver a la vida si alguien sabe escucharlas. Esa curiosidad encontró en el laboratorio un terreno natural.

Así comenzó a trabajar en el tallado de lentes orgánicos, un proceso que en ese momento todavía resultaba poco común en su entorno. Consiguió máquinas antiguas, las reformó, las adaptó y empezó a probar. No era ingeniero, pero sí un observador persistente, un autodidacta con capacidad para unir intuición, práctica y necesidad. Cada ajuste abría una posibilidad; cada máquina modificada confirmaba que el laboratorio podía avanzar si alguien se atrevía a intervenirlo.

Mientras la empresa crecía, la mecánica también ocupaba un lugar en su vida personal. En sus ratos libres, Rogelio restauraba autos antiguos. Llegó a tener un Ford modelo 1929, una camioneta Ford Bronco modelo 1978 y hasta un camión adaptado para travesías, con una pequeña casa incorporada. 

La incomodidad que abrió paso a la automatización

Con el paso de los años, el laboratorio fue ganando escala. Aquella empresa familiar, nacida como óptica con laboratorio propio, empezó a convertirse en una operación más robusta. Se ampliaron los procesos, llegaron tecnologías digitales, se incorporó antirreflejo y la producción aumentó. Sin embargo, en medio de ese crecimiento, Rogelio empezó a notar una contradicción que lo incomodaba cada día.

Al llegar al laboratorio veía tecnología en la producción, pero desorden en el depósito. La bodega de lentes estaba llena de cajas de cartón, con una organización que no correspondía al nivel de desarrollo que la empresa había alcanzado. Para otros podía ser una molestia menor, pero para él significaba que si el laboratorio había evolucionado en sus procesos técnicos, también debía hacerlo en su logística.

Esa incomodidad terminó convirtiéndose en una pregunta recurrente. Si el laboratorio había logrado automatizar buena parte de la producción, ¿por qué seguían siendo manuales procesos tan importantes como el almacenamiento y la gestión del inventario?

Buscando respuestas, Rogelio empezó a observar otros sectores, desde las farmacias robotizadas hasta las grandes compañías logísticas. Allí encontró una idea que le llamó la atención: sistemas capaces de almacenar, localizar y entregar productos de manera automática. Entonces comenzó a imaginar cómo trasladar ese concepto al mundo óptico mediante una bodega automatizada que permitiera organizar, ubicar y despachar cajas de lentes con mayor rapidez, control y eficiencia.

La pandemia aceleró esa reflexión. Durante los primeros días de aislamiento, cuando el trabajo se detuvo, Rogelio se quedó pensando en los proyectos que tenía pendientes. En medio de la incertidumbre tomó la decisión de salir de ese periodo mejor de lo que había entrado. Entonces retomó aquella idea que venía rondando desde hacía tiempo y comenzó a trabajar con más decisión en el desarrollo de una bodega automatizada para laboratorios ópticos.

El proyecto nació en Casilda, lejos de los grandes centros tecnológicos. Rogelio reunió un equipo, compartió su visión y empezó a construir una solución que respondiera a la necesidad de ordenar el stock, reducir tiempos de búsqueda, optimizar espacios y permitir que cualquier persona pudiera operar el sistema sin depender de conocimientos especializados. 

El primer desarrollo no estuvo libre de dudas, mientras que algunos lo consideraron una idea demasiado ambiciosa, otros pensaron que estaba loco. Rogelio, en cambio, pidió tiempo para mostrar resultados. Y los resultados llegaron. La primera bodega automatizada permitió organizar mejor las cajas de lentes, administrar el inventario en línea y hacer más eficiente una parte del proceso que hasta entonces había permanecido rezagada frente a la producción.

Después de esa primera experiencia vinieron nuevas versiones. Cada una fue más compacta, rápida y económica que la anterior. La lógica de Rogelio siempre fue la misma: hacer, probar, aprender y mejorar. Si algo funcionaba, podía funcionar mejor una exigencia que -aunque él mismo reconoce como una carga a veces pesada- se convirtió también en el motor de su crecimiento.

Una tecnología con raíz latinoamericana

La automatización dejó de ser un experimento cuando decidió abrir un nuevo laboratorio en Córdoba, a 400 kilómetros de Casilda. Para ese proyecto puso una condición: si se hacía, debía contar con una bodega automatizada. Ya no era un complemento, sino una pieza estructural de su forma de entender la operación. Hoy, entre los dos laboratorios, la empresa procesa alrededor de 1.500 pedidos diarios, con una capacidad que refleja el crecimiento de una compañía familiar que supo ampliar su escala sin perder su identidad.

En ese camino también empezó a asomarse la cuarta generación. Su hijo Roger, de 25 años, trabaja en el laboratorio de Córdoba. Francis, de 21, estudia ingeniería en sistemas y ya participa activamente en la empresa. La historia familiar, entonces, continúa, pero no como repetición exacta de lo anterior. Continúa como suelen continuar las historias vivas: cambiando de forma, incorporando nuevos lenguajes y aceptando que cada generación debe encontrar su propia manera de aportar.

El desarrollo tecnológico de Rogelio despertó interés dentro y fuera de Argentina. Visitantes nacionales e internacionales llegaron a conocer el sistema, atraídos por una solución poco habitual en la industria óptica. Finalmente, el proyecto derivó en un acuerdo con Coburn Technologies, una compañía global especializada en equipos para laboratorios ópticos.

La alianza tuvo un matiz especial. Más de 30 años atrás, cuando Rogelio apenas comenzaba en el laboratorio, esa misma empresa lo había capacitado en Estados Unidos. Aquella experiencia, que él recuerda como inolvidable, volvió a cruzarse en su camino décadas después, ya no solo como aprendizaje, sino como asociación. El joven que viajó a formarse regresaba, simbólicamente, convertido en creador de una tecnología con potencial para llegar a laboratorios de diferentes partes del mundo.

Visto en orden, el recorrido de Rogelio Elena tiene una coherencia profunda. Primero estuvo la disciplina militar, que le enseñó estructura, exigencia y trabajo en equipo; luego llegó la óptica familiar, que le dio un oficio y una raíz; después apareció la mecánica, que le permitió intervenir máquinas y procesos; más tarde vino la tecnología, como respuesta a una necesidad concreta del laboratorio; y ahora aparece la cuarta generación, como señal de una historia que sigue en movimiento.

Su vida parece atravesada por una misma idea: nada está terminado del todo si todavía puede mejorar. Premisa que aplicó a las máquinas viejas que adaptó para tallar lentes, a los autos antiguos que restauró, al depósito que convirtió en un sistema automatizado y a la empresa familiar que decidió hacer crecer sin desprenderla de su origen.

Por eso, la historia de Rogelio Elena no es únicamente la de un óptico argentino que desarrolló una tecnología para laboratorios. Es la historia de un hombre que convirtió la herencia en responsabilidad, la inquietud en método y el desorden en oportunidad. Desde Casilda, demostró que la innovación también puede nacer lejos de los grandes centros industriales, cuando alguien mira un problema cotidiano con suficiente atención como para imaginar una solución distinta.

Al final, cuando habla del futuro, Rogelio vuelve al sector que lo ha acompañado toda la vida. Cree que todavía hay mucho por hacer, mucho por desarrollar y mucho por aportar a la salud visual. Esa convicción resume su camino mediado por una vida construida entre el oficio y la tecnología, entre la tradición familiar y la necesidad de avanzar, entre las máquinas que se reparan y las ideas que, cuando encuentran movimiento, pueden llegar mucho más lejos de lo previsto.

 

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