Valentina Giraldo M.
Periodista Franja Visual
Las gafas dejaron de ser solo una solución visual para convertirse en una herramienta de identidad, comunicación y estilo. Así lo plantea Carolina Arroba, especialista en iconología, quien destaca que, en una época donde el rostro ocupa el primer plano en pantallas, videollamadas y redes sociales, la asesoría óptica necesita integrar salud visual, imagen personal y experiencia de alto valor.
Durante años, la elección de unas gafas estuvo centrada principalmente en la corrección visual, la comodidad y la funcionalidad. Sin embargo, la transformación del consumidor y el peso creciente de la imagen personal han cambiado la manera en que los pacientes se relacionan con sus monturas.
Desde la perspectiva de Carolina Arroba, especialista en iconología, las gafas no solo permiten ver mejor; también comunican quién es la persona, cómo desea ser percibida y qué rasgos de su identidad quiere destacar. En ese contexto, la óptica ya no puede limitarse a entregar una fórmula o mostrar una vitrina. El reto está en construir una experiencia de asesoría que combine criterio técnico, visagismo, psicología del color y conocimiento del estilo de vida del usuario.
Para Arroba, la montura se ha convertido en un elemento decisivo dentro de la presencia personal. En un mundo marcado por el scrolling, las videollamadas y la exposición constante del rostro, las gafas ocupan un lugar privilegiado: están en el centro de la expresión y actúan como uno de los primeros puntos de atención visual.
Las gafas como lenguaje de identidad
Cada montura comunica un mensaje. Sus líneas, colores, materiales y proporciones pueden reforzar una imagen de autoridad, cercanía, creatividad, elegancia o sofisticación. Por eso, elegir unas gafas no debería depender únicamente de la forma del rostro o de una tendencia de temporada, sino de lo que el usuario necesita proyectar en su entorno personal, laboral y social.
Según Carolina Arroba, las líneas rectas, gruesas y definidas suelen transmitir estructura, seguridad y liderazgo. Cuando se combinan con tonos rotundos, como el negro, pueden generar una imagen más fuerte, sobria y elegante. En cambio, las formas redondeadas o curvas suavizan la expresión y pueden comunicar mayor cercanía, creatividad o sensibilidad estética.

El color también cumple un papel determinante. Arroba explica que una montura azul transparente, por ejemplo, puede proyectar confianza, serenidad e intelectualidad. Los tonos magenta, por su parte, pueden asociarse con feminidad, lujo y alta moda. Así, la montura funciona como un código visual que influye en la percepción que otros tienen del usuario, incluso antes de que este pronuncie una palabra.

Esta lectura cobra especial relevancia en ambientes donde predomina la neutralidad visual. En contextos fríos, monocromáticos o con vestuarios oscuros, una montura de color puede romper la monotonía, aportar vitalidad y devolver protagonismo al rostro. Más que un accesorio, las gafas se convierten en una herramienta para equilibrar la imagen y elevar la presencia personal.
La asesoría de imagen como valor diferencial
En una óptica, la refracción sigue siendo esencial, pero ya no es suficiente para diferenciar la experiencia del paciente. Desde la mirada de Carolina Arroba, el verdadero valor agregado aparece cuando el profesional integra la corrección visual con una asesoría de imagen capaz de orientar la elección de la montura desde una lectura más completa del rostro, la personalidad y el entorno del usuario.
Este cambio empieza desde el lenguaje. Arroba propone transformar la manera en que se recibe al paciente. Más que preguntar “¿en qué le puedo ayudar?”, recomienda expresiones como “permítame asistirlo”, porque elevan la percepción del servicio y ubican al asesor en un rol profesional, no simplemente comercial.

La asesoría premium no consiste en mostrar toda la tienda ni en saturar al paciente con opciones. Por el contrario, requiere escuchar, observar y entender quién es esa persona: cuál es su profesión, en qué escenarios usa sus gafas, qué desea comunicar y qué aspectos de su rostro conviene destacar o equilibrar. A partir de ese análisis, el asesor puede presentar una selección precisa, idealmente de no más de cinco opciones, con una explicación clara sobre el mensaje que transmite cada una.
En este punto, el visagismo resulta fundamental. No basta con clasificar el rostro como redondo, ovalado, cuadrado o triangular. La evaluación debe considerar cómo la montura se asienta en el puente nasal, su relación con las cejas, el equilibrio con los pómulos, el tamaño del rostro, la distancia interpupilar, la expresión general y la comodidad de uso. Solo así la elección deja de ser intuitiva y se convierte en una recomendación profesional.
Educar para dejar de competir por precio
Uno de los grandes desafíos del sector óptico es superar la venta basada exclusivamente en promociones, descuentos o precios bajos. Cuando la conversación se reduce al costo, se debilita el valor profesional del servicio y se limita la percepción que el paciente tiene de la óptica.
La alternativa está en educar. Un asesor con criterio puede explicar por qué una montura favorece o no favorece determinada expresión, por qué un color puede iluminar el rostro o endurecerlo, y por qué una forma puede acompañar mejor el estilo de vida del usuario. Esta orientación debe hacerse con tacto, sin descalificar la elección inicial del paciente, pero ofreciendo argumentos que le permitan tomar una mejor decisión.
Como advierte Carolina Arroba, algunas elecciones pueden modificar de manera importante la percepción del rostro. En hombres con facciones fuertes, por ejemplo, una montura negra, gruesa y muy recta puede proyectar una imagen más severa o hacerlos ver mayores. En esos casos, el profesional puede sugerir tonos más suaves, transparencias, líneas menos rígidas o materiales que mantengan la elegancia sin endurecer la expresión.

Vender desde el interés genuino implica dedicar tiempo, hacer preguntas y explicar el porqué de cada recomendación. Esa es la diferencia entre despachar una montura y construir una relación de confianza. Cuando el paciente siente que el profesional se preocupa por su visión, su comodidad y su imagen, la compra deja de ser una transacción y se convierte en una experiencia memorable.
El profesional también comunica
La coherencia del asesor es otro aspecto clave. Para Carolina Arroba, un profesional de la óptica difícilmente puede inspirar al paciente a explorar diferentes opciones si él mismo no incorpora las gafas como parte de su imagen y de su experiencia cotidiana.
Usar distintas monturas según la ocasión, lentes solares, polarizados, con antirreflejo o fotosensibles, permite hablar desde la experiencia y no solo desde el catálogo. Además, convierte al asesor en un referente visual dentro de la óptica. Su propia imagen puede funcionar como una demostración del valor de tener más de una opción y de adaptar las gafas a distintos momentos, necesidades y estilos.
En este sentido, el profesional no solo prescribe o recomienda: también inspira. Su forma de presentarse, su lenguaje y su capacidad para explicar el valor de cada elección contribuyen a elevar la percepción del servicio y a fortalecer la fidelización del paciente.
Integrar moda, asesoría de imagen y salud visual no significa restarle importancia al componente clínico. Por el contrario, permite ampliar la mirada sobre el paciente y responder a una necesidad cada vez más evidente: ver bien, sentirse bien y proyectarse con seguridad.
La reflexión de Carolina Arroba, especialista en iconología, invita al sector óptico a entender las gafas como una herramienta de comunicación personal y no solo como un dispositivo de corrección visual. La óptica que asume este cambio deja de competir únicamente por precio y comienza a competir por experiencia, criterio y valor profesional.
En ese escenario, el óptico se convierte en un aliado estratégico para la imagen del paciente, capaz de orientar decisiones que impactan tanto la función visual como la autoestima y la forma en que una persona se presenta ante el mundo.



