Ariel Longo
Diseñador de Monturas / Editor del Área de Anteojos
Hay monturas que nos fascinan en la vitrina pero decepcionan en la cara. La diferencia no es de gusto. Es de diseño.
Las ves. Te las pruebas. Te quedan bien. Y no dudas.
Pero después de usarlas un rato, algo no está bien. Molestan, se mueven, entra luz por donde no debería. Y aparece la pregunta que casi nunca nos hacemos en el momento de comprar: ¿estamos frente a un buen diseño de anteojos… o solo frente a una montura de temporada?
Las gafas ocupan un lugar único entre los accesorios: están en nuestro rostro, le dan marco a nuestra mirada y muchas veces terminan definiendo cómo nos vemos, como nos sentimos o cómo queremos proyectarnos. Por eso en los anteojos hay una particularidad que cambia todo: No alcanza con que se vean bien. El diseño tiene que funcionar.
Desde hace más de cien años, la escuela Bauhaus y grandes diseñadores plantearon algo que el diseño de anteojos confirmó en la práctica: forma, función y proceso productivo no pueden separarse. En una montura, esa idea no es teórica. Lo que se decide en el diseño aparece directamente en la experiencia de uso.
Una montura muy plana, por ejemplo, deja pasar más luz de la esperada y muchas veces tiene reflejos indeseados. Un formato angosto podría limitar el campo visual útil. Un puente impecable de frente que no apoya bien hace que el anteojo se mueva y se desacomode. Un diseño que parece liviano pero no distribuye bien el peso se vuelve incómodo en pocas horas y nos deja marcas en el rostro.
Cuando el diseño está bien resuelto, todo eso desaparece. Cuando no lo está, es lindo pero algo está mal y nos molesta.
Un ejemplo claro de diseño funcional convertido en ícono es el modelo Aviator. Desarrollado en 1937 por Bausch & Lomb para pilotos de la fuerza aérea estadounidense, el problema era concreto: deslumbramiento en altura, campo visual reducido, largas horas de uso en cabina con un casco que limita las posibilidades de diseño.

La forma de lágrima cubría mejor la zona inferior del ojo. El tamaño del lente ampliaba la cobertura. El conjunto priorizaba ligereza y estabilidad. No había intención estética en el origen: había una necesidad y una solución precisa.
Con el tiempo ese diseño llegó al público general y se convirtió en ícono. No por casualidad: lo hizo porque funcionaba. Y esa es exactamente la diferencia entre una montura que dura en el tiempo y una que muere con la temporada.
Suelo decir que la moda no es el problema. El problema llega cuando el diseño se define únicamente desde la imagen, sin considerar cómo esa montura va a funcionar en la vida real.
Es la sensación que muchos usuarios reconocen aunque no sepan explicarla: “me encanta, pero no es cómodo”, “me gusta, pero no termino de ver bien”, “me queda bien, pero no es para todos los días”.
La diferencia se nota en los detalles: las gafas muy planas requieren mayor precisión en el tipo de lente y sus tratamientos para evitar reflejos en el uso prolongado. Las gafas envolventes están pensadas para controlar la luz lateral en usos más deportivos. Un puente que no apoya bien hace que todo lo demás pierda sentido. Lo que parecía un buen diseño empieza a fallar en lo más básico.
Ahí es donde el rol del óptico es determinante. No se trata de ir en contra de lo que el cliente quiere, o lo que dicta la moda, sino de interpretar esa búsqueda y traducirla en una elección que realmente funcione.
Muchas veces no hace falta cambiar la idea. Una leve variación en la curvatura, en el tamaño o en el tipo de lente puede transformar completamente la experiencia sin perder la intención estética.
En monturas, el mejor diseño no es el que mejor sale en una foto.
Es el que se sostiene en el uso a pesar de los cambios de temporada.
Porque cuando eso pasa, el anteojo deja de ser una elección estrictamente estética y se convierte en algo que es parte de nuestra identidad.
Y en ese punto, el diseño deja de verse… y empieza a funcionar.



