Durante muchos años he conocido de cerca la impresionante evolución de los lentes oftálmicos. He tenido la oportunidad de compartir con fabricantes, con quienes desarrollan los materiales, los recubrimientos, los equipos y la tecnología que utilizan los laboratorios ópticos. También he recorrido muchos laboratorios en América Latina y otros lugares del mundo.
Y cada vez llego a la misma conclusión: detrás de un lente oftálmico hay mucha más ciencia, tecnología, conocimiento y precisión de lo que el consumidor imagina. Quizá, tampoco, nuestra comunidad es consciente de tanta evolución.
Los laboratorios ópticos son verdaderas fábricas con sofisticados procesos tecnológicos. Cada vez están más automatizados, producen con mayor precisión, controlan mejor sus procesos y tienen capacidad para fabricar más lentes, de mayor calidad y con niveles crecientes de personalización.
Los materiales evolucionan, los diseños son cada vez más sofisticados, los tratamientos y recubrimientos ofrecen nuevas posibilidades. Biseladoras y talladoras automatizan procesos, la inteligencia artificial empieza a participar en la toma de medidas y la personalización. Y la industria continúa invirtiendo enormes recursos en investigación y desarrollo.
Así mismo, también ha evolucionado el trabajo de los profesionales de la visión. Tenemos mayor conocimiento, más experiencia y mejores instrumentos para evaluar, más alternativas para prescribir y una enorme variedad de monturas, materiales, diseños y tratamientos que permiten buscar el mejor equilibrio entre las necesidades visuales, la prescripción, las características del rostro, la estética y el estilo de vida de cada persona.
Todo este esfuerzo tiene finalmente un propósito: lograr que una persona vea mejor y pueda desempeñarse mejor en su vida. Pero tenemos una tarea pendiente: el consumidor no tiene idea de todo lo que hay detrás de los lentes de sus anteojos.
Vivimos en una sociedad visualmente mucho más exigente. Y por eso disponemos de lentes que ofrecen alta calidad visual gracias a su material, diseño, tratamientos, medidas y correcta selección de la montura. Y, por supuesto, una buena evaluación y prescripción. Sin embargo, muchas veces concentramos la conversación con el consumidor en algo mucho más sencillo: el precio.
Y cuando nosotros mismos reducimos la conversación al precio, terminamos convirtiendo en un producto aparentemente simple algo que en realidad reúne ciencia, investigación, tecnología, conocimiento profesional, procesos industriales de alta precisión y personalización.
Creo, existe una enorme oportunidad para nuestra comunidad. No se trata de vender el lente más costoso. Se trata de recomendar y explicar mejor. De ayudar a cada persona a comprender por qué existen diferentes alternativas y cuál puede responder mejor a sus necesidades visuales, laborales, digitales, estéticas y de estilo de vida.
La industria tiene la responsabilidad de continuar investigando e innovando. Los laboratorios, de transformar esa innovación en productos cada vez más precisos y eficientes. Los profesionales de la visión, de evaluar y prescribir correctamente. Los establecimientos, de integrar adecuadamente lentes y monturas. Pero todos tenemos otra responsabilidad: educar al consumidor.
Autor: Javier Oviedo.



