Para entender una parte del rumbo que ha tomado la baja visión en América Latina, hay que trazar una línea en el mapa que descienda hacia el sur de Costa Rica. Allí, en Pérez Zeledón, a unos ciento cuarenta kilómetros de San José, trabaja Allan Mora. Optómetra clínico, profesor en la Universidad Latina de Costa Rica y en la Universidad Galileo de Guatemala, ha hecho de la rehabilitación visual uno de los ejes de su ejercicio profesional. Desde hace varios años, además, conduce Discapacidad con todos los sentidos, un espacio desde el que ha puesto a conversar a especialistas y profesionales de distintos países alrededor de una pregunta común: qué más puede hacerse cuando la corrección convencional ya no alcanza.
Pero Allan no llegó hasta allí siguiendo un plan de vida escrito con anticipación. Llegó buscando respuestas y, antes que eso, siguiendo una carretera por razones mucho más personales. Hace casi dos décadas, mientras cursaba una maestría en Administración de Servicios de Salud, conoció a una farmacéutica que vivía en aquella región del país. Él comenzó a viajar para verla y, con el tiempo, esa geografía terminó convirtiéndose también en la suya. Se casaron y, en noviembre de 2007, abrió Óptica del Valle.
Mora no idealiza la independencia. Sabe lo que significa responder por empleados cuando las ventas bajan, invertir sin garantías y entender que el dinero debe alcanzar primero para mantener el negocio funcionando. Dice, sin rodeos, que ser independiente “es durísimo”. Pero esa misma decisión le permitió escoger hasta dónde quería crecer clínicamente: invertir en tecnología, profundizar en contactología y construir una práctica a la medida del profesional que quería ser.
La pregunta que cambió la consulta
Detrás de la puerta de Óptica del Valle, Mora fue construyendo una práctica en la que la vitrina no comienza donde termina el consultorio. Todavía hoy, después de examinar a determinados pacientes, sale con ellos a escoger una montura o revisa personalmente algunas medidas. Para él, una recomendación óptica debe comenzar mucho antes de señalar un armazón: en una prueba, en un hallazgo, en una necesidad concreta. Si indica un tratamiento antirreflejante o recomienda un lente fotosensible, quiere que exista una razón clínica que el paciente pueda comprender.
Pero hubo un momento en que esa lógica dejó de ser suficiente. Comenzaron a llegar pacientes que se sentaban frente a la cartilla, intentaban reconocer una línea más y chocaban contra un límite que ninguna nueva fórmula conseguía mover. Mora hacía lo que sabía hacer y, aun así, los veía marcharse con necesidades que seguían allí.
Entonces empezó a perseguirlo una frase: “Tiene que haber algo más”.
En 2008, durante una conferencia, ese “algo más” comenzó a tomar forma. Escuchó a un profesional explicar lo que era posible hacer con pacientes con baja visión y reconoció allí una puerta que apenas había entreabierto durante su formación universitaria. No habla de aquel momento como una revelación. Recuerda simplemente haber pensado: “Qué interesante está esto”. Después comenzó a estudiar y no paró.
Aquella inquietud terminó convirtiéndose en práctica clínica, formación de posgrado y docencia. Hoy enseña baja visión en dos universidades y suele recordarles a sus estudiantes que la vocación profesional no siempre aparece al recibir el diploma. A veces llega después, escondida dentro de un caso que no se sabe resolver o de una pregunta que sigue dando vueltas cuando el paciente ya salió del consultorio.
Cuando ver deja de ser una cifra
La baja visión también cambió la forma en que Mora entiende el éxito clínico. La optometría está acostumbrada a las cifras: 20/20, 20/40, 20/70. Una línea adicional puede demostrar una mejoría, pero la vida rara vez cabe completa en una cartilla de Snellen.
Mora lo explica con una escena doméstica. Una persona ha cocinado para su familia durante décadas. Conoce los utensilios, los movimientos y el orden de su cocina, pero pierde visión y cortar una cebolla, una zanahoria o una papa empieza a convertirse en un riesgo. En ese momento, conseguir que lea una letra más pequeña puede importar menos que mejorar la iluminación, aumentar el contraste o enseñarle otra manera de organizar la tarea.
Si esa persona vuelve a cocinar con seguridad, ¿cómo se mide el resultado? Mora tiene su propia escala: “Eso es un 20 sobre satisfacción”.
La frase provoca una sonrisa, pero detrás hay una idea central de la rehabilitación visual. La baja visión no siempre puede devolver lo perdido; muchas veces trabaja con lo que permanece. La pregunta, entonces, deja de ser solamente cuánto alcanza a ver una persona y empieza a incluir algo mucho más cercano a la vida: qué puede volver a hacer con la visión que conserva.
Esa mirada también ha transformado su relación con los adultos mayores. Durante 2026 decidió acercarse a ellos fuera del consultorio y, dos veces al mes, participa en actividades de educación y promoción de la salud visual. Allí se encuentra con una población que desmonta varios lugares comunes sobre la vejez: personas que bailan, juegan bingo, hacen manualidades, usan teléfonos, consultan internet y llegan con preguntas construidas a partir de lo que han visto en redes sociales; “creer que no tienen información es un error”, advierte.
También insiste en que no existe un único adulto mayor. Una persona de 62 años y otra de 84 pueden compartir una categoría estadística, pero sus necesidades son distintas. Cambian la movilidad, la piel, los párpados, la experiencia con determinadas ayudas y hasta la manera en que una montura descansa sobre el rostro. Por eso, una solución sofisticada no siempre es la mejor. Una plaqueta nasal puede resultar incómoda sobre una piel muy frágil y un progresivo técnicamente impecable convertirse en un problema para alguien que nunca logró adaptarse a ese diseño. A veces, dos pares de anteojos sencillos resuelven mejor la vida cotidiana. “No genere problemas, genere soluciones”, dice.
Y quizá allí esté una de las claves de su relación con la baja visión. Esta es, en buena medida, una especialidad de logros discretos: una receta que vuelve a leerse, una comida preparada de nuevo, un trayecto recorrido con mayor seguridad o una tarea que puede hacerse otra vez sin ayuda. Pequeños movimientos que, vistos desde afuera, parecen mínimos, pero que dentro de la vida de una persona pueden recuperar territorios enteros de autonomía.
Por eso, Mora insiste en que la baja visión no debería interesar únicamente a quienes se especializan en ella. Cualquier profesional puede encontrarse algún día frente a un paciente cuya visión ya no mejora como espera, entonces, allí la fórmula deja de bastar, pero la necesidad permanece. “Lo peor que puedes hacer es quedarte de brazos cruzados”, sostiene. “Algo tenés que hacer”.
Una conversación que cruzó fronteras
Ese impulso terminó saliendo también de Pérez Zeledón. Desde hace aproximadamente cinco o seis años, Mora forma parte de Dicapacidad con todos los sentidos, un programa que le ha permitido conversar con especialistas, conocer otras maneras de abordar la rehabilitación visual y poner en circulación experiencias que de otro modo podrían permanecer aisladas dentro de un consultorio, una universidad o un país.
En ese intercambio ha comprobado que basta cruzar una frontera para que cambien las reglas del juego. La legislación, las competencias profesionales, los sistemas de atención y la manera de aproximarse a la discapacidad no son iguales en toda América Latina. Por eso, más que ofrecer respuestas definitivas, esas conversaciones han servido para comparar, preguntar y aprender. Poco a poco, alrededor del programa se ha tejido una comunidad unida por preocupaciones similares: cómo aprovechar mejor la visión remanente y cómo lograr que las herramientas disponibles lleguen realmente a quienes las necesitan.
Esa última pregunta adquiere otra dimensión cuando Mora habla del futuro. Le entusiasman los teléfonos inteligentes, las herramientas de accesibilidad, los lectores de pantalla y la inteligencia artificial. Ve posibilidades en anteojos inteligentes, sistemas capaces de interpretar el entorno y dispositivos que pueden acompañar a una persona con discapacidad visual en sus actividades cotidianas. Incluso cree que algunas ayudas ópticas tradicionales podrían perder protagonismo frente a tecnologías que evolucionan con mucha mayor velocidad. Sin embargo, el entusiasmo tropieza con una palabra: acceso.
En América Latina una tecnología puede ser extraordinaria y, al mismo tiempo, no cambiar nada si está fuera del alcance económico de quien la necesita. Para Mora, allí está uno de los grandes retos de los próximos años, evitar que la innovación avance más rápido que las posibilidades de los pacientes. Porque una herramienta puede reconocer un rostro, describir un objeto o advertir un obstáculo, pero si nadie puede adquirirla, la distancia entre lo posible y lo real permanece intacta.
Tal vez por eso su práctica siempre termina regresando a lo concreto. Algunas veces la respuesta será un dispositivo inteligente; otras, una lámpara mejor ubicada sobre una mesa. El valor no está necesariamente en la sofisticación de la herramienta, sino en aquello que consigue devolver.
Cuando llega el sábado y pasan las dos o tres de la tarde, las conversaciones sobre pacientes, universidad y tecnología hacen una pausa. Mora tiene dos hijos adolescentes, de 17 y 14 años. El mayor practica atletismo y buena parte de su tiempo libre transcurre acompañándolo de una carrera a otra. Él mismo se ríe al describir su función: es su “Uber”. Lo lleva, espera, regresa. Algunos fines de semana salen en familia; otros simplemente se queda en casa.
Pero el lunes la puerta de Óptica del Valle vuelve a abrirse. Entrará alguien con una historia que Allan todavía no conoce. Quizá llegue después de haber pasado por otros consultorios; quizá la pérdida visual ya le haya cambiado la manera de leer, caminar, cocinar o reconocer un rostro. Se sentará frente a él y, en algún momento, dirá con sus propias palabras: “Doctor, vengo a que me ayude”.
Para Mora, allí empieza todo otra vez. “No nos debemos a nosotros mismos, no nos debemos a nuestros títulos —dice—. Nos debemos a las personas que día con día pasan la puerta a nuestros consultorios”.
Tal vez por eso, después de tantos años, aquella pregunta de sus primeros tiempos sigue teniendo sentido: “Tiene que haber algo más”. No porque las respuestas no hayan llegado, sino porque cada paciente obliga a buscarlas de nuevo.
La cartilla podrá detenerse. Allan Mora, no. Porque allí donde la visión alcanza su límite comienza precisamente el territorio al que ha dedicado buena parte de su carrera: encontrar qué todavía puede hacerse con la luz que queda.



