Una lupa puede parecer costosa hasta que permite volver a leer una factura. Un magnificador electrónico puede generar dudas por su precio hasta que hace posible revisar documentos de trabajo sin depender de otra persona. En baja visión, la conversación sobre costos cambia cuando el dispositivo deja de presentarse como un objeto y comienza a evaluarse por la actividad que permite recuperar.
Pensemos en una situación frecuente: una persona con degeneración macular relacionada con la edad conserva suficiente visión para desplazarse por su casa y reconocer a quienes la rodean, pero ya no puede leer las indicaciones de sus medicamentos. Frente a dos ayudas con precios muy diferentes, probablemente preguntará: “¿Por qué debería pagar más?”. La respuesta no debería comenzar por el número de aumentos, el tamaño de la pantalla o la tecnología incorporada. Primero habría que demostrar qué alternativa le permite realizar mejor la tarea que necesita resolver.
El resultado funcional cambia la conversación
Una investigación publicada en 2026 en Canadian Journal of Ophthalmology evaluó a 199 pacientes atendidos en rehabilitación visual. Con el uso de dispositivos de asistencia, la velocidad mediana de lectura aumentó 39,5 palabras por minuto. Los resultados, además, variaron según las características de los pacientes y su diagnóstico, un dato que refuerza la necesidad de individualizar la prescripción.
Para el profesional, esta evidencia ofrece una forma diferente de sustentar el valor: medir antes y después.
Si una persona llega leyendo lentamente una etiqueta, un estado bancario o un mensaje en su teléfono y, después de probar una ayuda, consigue hacerlo con mayor velocidad, comodidad o independencia, la demostración funcional aporta más información que una explicación basada únicamente en las especificaciones técnicas.
No significa que el precio deje de importar. De hecho, el costo continúa siendo una barrera importante para acceder a tecnologías de asistencia. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que la falta de financiación, el precio de los productos, su disponibilidad y la escasez de personal capacitado continúan limitando el acceso en numerosos países.
Precisamente por ello, una recomendación profesional debe justificar con claridad por qué ese dispositivo, para esa persona y para esa actividad.
El valor no está solamente en el dispositivo
Aquí aparece una diferencia fundamental. En baja visión no se prescribe simplemente una lupa, un telescopio o un magnificador electrónico, también se prescribe una forma de utilizarlo.
Un ensayo clínico multicéntrico publicado en Translational Vision Science & Technology estudió adultos con discapacidad visual que habían recibido magnificadores ópticos o electrónicos. La capacidad de lectura mejoró después de recibir los nuevos dispositivos y volvió a mejorar tras el entrenamiento, tanto cuando este se realizó presencialmente como mediante telerehabilitación.
Es decir, entregar tecnología no necesariamente completa la intervención.
La propia OMS incluye la provisión y el entrenamiento en productos de asistencia como componentes de la rehabilitación y reconoce dentro de las intervenciones para discapacidad visual recursos como magnificadores, telescopios, magnificadores digitales y lectores de pantalla.
Por eso, al explicar un costo también resulta pertinente precisar qué hay detrás: evaluación funcional, selección del dispositivo, prueba en tareas reales, entrenamiento y seguimiento. Ese conjunto puede marcar la diferencia entre una ayuda que permanece guardada y otra que se incorpora a la vida cotidiana.
Una ayuda económica que no se utiliza puede resultar cara
El precio más bajo tampoco garantiza la mejor decisión.
Un estudio multicéntrico que siguió a pacientes aproximadamente un año después de la prescripción encontró que el 19 % de los dispositivos indicados para visión próxima no había sido utilizado durante los tres meses anteriores a la encuesta.
Más recientemente, una revisión de alcance publicada en 2025 señaló la importancia del seguimiento sistemático de los usuarios de tecnología de asistencia y planteó que este debería valorar tanto resultados funcionales como calidad de vida, necesidades de la persona, entorno y desempeño del dispositivo.
Esto tiene una consecuencia directa para la práctica: el valor de una ayuda no se concreta en el momento de la compra, sino cuando el paciente consigue utilizarla de manera efectiva en su entorno.
Por ejemplo, un magnificador portátil puede parecer ideal para alguien que quiere leer precios durante sus compras, pero puede no ser la mejor alternativa si el paciente tiene dificultades para mantener la distancia de trabajo, manipular los controles o utilizarlo en ambientes con iluminación variable. En cambio, otra solución aparentemente más sencilla podría ofrecer un mejor desempeño para esa tarea específica.
La pregunta clínica, entonces, no es cuál dispositivo tiene más funciones, sino cuáles funciones necesita realmente esa persona.
De “cuánto cuesta” a “qué voy a poder hacer”
La rehabilitación visual también cuenta con evidencia económica. El Basic VRS-Effect Study, realizado en Portugal con personas con degeneración macular relacionada con la edad o retinopatía diabética, evaluó una intervención que combinaba nueva corrección refractiva, ayudas ópticas para lectura, entrenamiento en consulta y recomendaciones para realizar modificaciones en el hogar. Los investigadores encontraron mejoría significativa de la capacidad visual y concluyeron que el servicio básico evaluado era costo-efectivo.
Aunque los resultados económicos de un país no pueden trasladarse automáticamente a otro mercado, el estudio deja una enseñanza relevante: valorar únicamente el costo del dispositivo ofrece una fotografía incompleta. La intervención debe analizarse junto con el resultado que produce.
Por eso, ante la pregunta “¿por qué cuesta esto?”, el profesional de la salud visual puede apoyarse en cuatro elementos: el objetivo funcional del paciente, el cambio demostrado durante la prueba, la adecuación del dispositivo a su contexto y el acompañamiento necesario para que pueda utilizarlo.
La conversación deja entonces de girar alrededor de cuánto aumenta una lupa o cuántas funciones tiene una pantalla, y pasa a centrarse en algo mucho más concreto: ¿qué actividad quiere recuperar el paciente y qué solución le permite conseguirlo?
Referencias
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Consultar artículo en PubMed -
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Consultar informe de la OMS -
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Consultar publicación de la OMS
Autor: Departamento Editorial



