Los niños con discapacidad visual presentan un retraso psicomotor natural debido a que carecen de la imitación visual para aprender a moverse. La atención temprana es indispensable para sustituir el estímulo visual por el táctil y auditivo, logrando así desarrollar su autonomía. En el pasado, la mayoría de los niños eran atendidos al intentar incluirlos en la vida escolar, sin embargo, en el aula se observaba que tenían dificultades en la marcha, en la comunicación, de regulación emocional, etc. La causa no es un misterio, esto se debía a que se perdía tiempo valioso, un bebé con discapacidad visual no se desarrolla de la misma forma que un niño sano, ya que al existir una barrera visual el entorno es percibido de diferente manera, lo que nos llevó a formular las siguientes preguntas ¿es posible evitar este retraso? Y, en caso de que este se presente, ¿es posible revertirlo? En la actualidad sabemos que la respuesta es “sí”, es posible, pero se requiere compromiso, constancia y mucho conocimiento del desarrollo infantil. En este artículo hablaremos de los puntos clave para lograr dicho objetivo.
La discapacidad visual en la primera infancia, que abarca desde la baja visión hasta la ceguera, impacta significativamente el neurodesarrollo y requiere una atención integral que va desde la prevención hasta la rehabilitación funcional. Las causas principales incluyen la retinopatía del prematuro, cataratas congénitas y enfermedades de la retina, siendo los errores de refracción no corregidos una de las principales causas tratables y prevenibles.
El neurodesarrollo constituye un proceso dinámico, continuo y multifactorial, determinado por la maduración del sistema nervioso central, la adquisición progresiva de habilidades, la estructuración de la personalidad y la interacción constante del menor con su entorno. Dentro de este proceso, la maduración del sistema visual concluye hacia los siete años de edad, identificándose un periodo crítico fundamental durante los primeros seis meses de vida. Desde la etapa gestacional (específicamente en el día 33), inicia la formación de la corteza visual primaria (V1), la cual se encuentra completa al nacimiento mediante la vía aferente que conecta el tálamo con la lámina IV de dicha corteza.
Este desarrollo ocurre secuencialmente: primero, se establecen los mapas retinotópicos corticales guiados por factores moleculares y actividad neural espontánea que enlaza el núcleo geniculado lateral dorsal con la capa cuatro. Posteriormente, los estímulos visuales retinianos iniciales incrementan la selectividad de orientación de las neuronas en V1. Finalmente, sobreviene el “periodo crítico”, una fase crucial donde la ausencia de estímulos visuales adecuados altera la organización de las vías visuales que convergen en las neuronas multipolares corticales, dado que en este momento se consolidan las propiedades neuronales selectivas. Así, durante la primera infancia, la evolución de la agudeza visual, la sensibilidad al contraste y la percepción del movimiento se consolida en estrecha sincronía con los hitos del desarrollo motor, cognitivo y del lenguaje.
Durante los primeros dos años de vida existe una mayor vulnerabilidad a sufrir alteraciones en la visión binocular que deriven en ambliopía; por ello, su detección precoz es indispensable para maximizar el pronóstico de recuperación visual. En esta etapa temprana, el área V1 atraviesa una fase de intensa sinaptogénesis, sustentada por diversos mecanismos de plasticidad neural encargados de consolidar el desarrollo visual. En este contexto, el cribado visual se consolida como un componente esencial en el seguimiento sistemático de la infancia, abarcando las etapas de recién nacido, lactante, así como los periodos preverbal y verbal. Dicha evaluación debe contemplar la agudeza visual, la alineación ocular y la integridad estructural del ojo. Asimismo, es prioritario identificar indicadores clínicos de disfunción visual, tales como la ausencia de fijación ante rostros u objetos familiares en los primeros meses, el nistagmo persistente, los movimientos erráticos después del tercer mes, la fotofilia o fijación hacia luces brillantes, el frotamiento ocular repetitivo y la desviación constante de la mirada hacia abajo.
Para prevenir y revertir retraso psicomotor en el niño con discapacidad visual es necesario hacer una correcta detección y diagnóstico.
Detección
La detección oportuna de cualquier alteración en el desarrollo infantil es fundamental y depende, en primer lugar, de la observación de los padres, el personal escolar y los pediatras de atención primaria. El objetivo inicial es identificar si el niño se desarrolla con normalidad, si presenta factores de riesgo biológico, o si ya manifiesta un trastorno neurológico o del desarrollo. A partir de esta evaluación, se abren tres escenarios posibles: una evolución normal con un probable retraso por falta de estimulación; un retraso psicomotor patológico, ya sea global o específico de un área (motora, cognitiva, social o del lenguaje); o una situación dudosa que solo podrá aclararse mediante el seguimiento en consultas posteriores.
Una vez que se sospecha o se confirma el problema, el siguiente paso consiste en iniciar el proceso diagnóstico y la intervención terapéutica mediante la derivación a atención temprana, manteniendo un seguimiento continuo incluso en los niños con desarrollo normal. Cabe destacar, que la orientación hacia el diagnóstico arranca desde las primeras señales de alerta, por lo que la detección y el diagnóstico final están estrechamente vinculados y no tienen una frontera delimitada.
Diagnóstico
El diagnóstico del desarrollo infantil se orienta y consolida principalmente a través de la historia clínica y la exploración física, herramientas que permiten evaluar los antecedentes familiares, obstétricos y perinatales, así como el progreso psicomotor, el contacto social y el comportamiento del niño. Toda esta información inicial sirve como guía para determinar qué exámenes complementarios son realmente necesarios en cada caso. Sin embargo, es fundamental destacar que la validez de los datos obtenidos en la entrevista y la exploración, al igual que los resultados de los estudios adicionales, dependen por completo de la interpretación experta y la pericia del médico responsable. Por esta razón, en muchas ocasiones el diagnóstico definitivo no se obtiene de inmediato, sino que se precisa de forma progresiva mediante el seguimiento continuo de la evolución del paciente.
Los antecedentes familiares positivos están presentes en muchos de los trastornos del desarrollo, ya que la herencia influye de manera directa, tanto en las variaciones del ritmo madurativo como en las enfermedades genéticas que afectan este proceso. Debido a este factor hereditario, es muy común observar que los hijos de padres sanos que mostraron un inicio tardío en la marcha o en el habla tiendan a repetir ese mismo patrón de retraso madurativo, evolucionando posteriormente con total normalidad.
Escalas para evaluar el desarrollo
La valoración del desarrollo psicomotor busca determinar si un niño ha adquirido las funciones o hitos específicos correspondientes a su edad cronológica, un proceso para el cual se emplean principalmente dos tipos de herramientas combinadas. Por un lado, se utilizan los test de desarrollo, como la escala Brunet-Lézine, que están diseñados para cuantificar numéricamente el grado de evolución del niño; no obstante, el valor de estas cifras siempre debe interpretarse con cautela, priorizando el análisis de su tendencia a través de evaluaciones sucesivas. Por otro lado, se dispone de los test de cribado o screening, los cuales no miden el nivel de desarrollo de forma exacta, sino que detectan a aquellos menores con riesgo de presentar un retraso para intervenir a tiempo. Estas pruebas de cribado se basan en estudios poblacionales que reflejan el porcentaje de niños que cumplen un hito a una edad determinada y, para ser efectivas, deben ser sencillas, económicas, no invasivas y con una alta precisión que evite falsos positivos y negativos.
El Test de Denver (cuyo nombre oficial actual es Denver II o Denver Developmental Screening Test), es la herramienta de tamizaje o cribado más utilizada a nivel mundial por pediatras y profesionales de la salud para supervisar el desarrollo psicomotor. Su objetivo principal no es medir la inteligencia, sino detectar de forma precoz posibles retrasos o alteraciones del desarrollo desde el nacimiento hasta los seis años, evalúa los siguientes puntos:
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Personal-Social: Evalúa la interacción del niño con su entorno, su capacidad de autocuidado y cómo se relaciona con otras personas (ej. sonreír de forma social, vestirse solo o lavarse las manos).
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Motricidad Fina-Adaptativa: Mide la coordinación ojo-mano, la capacidad de manipulación de objetos pequeños y la resolución de problemas visuales (ej. realizar el agarre en pinza, apilar cubos o copiar un dibujo).
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Lenguaje: Analiza la capacidad para escuchar, comprender órdenes (lenguaje receptivo) y emitir sonidos o palabras para comunicarse (lenguaje expresivo).
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Motricidad Gruesa: Revisa la coordinación de los grandes grupos musculares, encargados del control postural y el desplazamiento (ej. sostener la cabeza, sentarse, gatear, caminar y saltar).
Intervenciones
Las intervenciones para prevenir el retraso en el desarrollo de un niño con discapacidad visual se basan en la estimulación temprana multisensorial y en la atención temprana. El objetivo principal es aprovechar la plasticidad cerebral durante los primeros años de vida para que los estímulos táctiles, auditivos y propioceptivos compensen la falta de información visual. Algunos de los puntos clave para realizar dichas intervenciones son:
Estimulación Multisensorial y Cognitiva
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Uso del tacto activo: Guiar las manos del niño (técnica de “mano sobre mano” o “mano bajo mano”) para explorar texturas, formas y temperaturas reales.
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Discriminación auditiva: Utilizar sonajeros, juguetes con sonido y la voz humana para enseñar al niño a localizar objetos en el espacio y asociar sonidos con fuentes reales.
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Estimulación visual residual: Si el niño tiene baja visión, emplear objetos de alto contraste (blanco/negro o colores primarios brillantes) y cajas de luz para potenciar el remanente visual.
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Permanencia del objeto: Diseñar actividades donde los objetos que caen o se mueven hagan ruido, ayudando a comprender que las cosas siguen existiendo, aunque no las toque.
Desarrollo motor, orientación y movilidad:
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Tiempo boca abajo (Tummy Time): Motivar el control cefálico y el fortalecimiento del cuello usando estímulos sonoros o táctiles frente al niño. Fomento del gateo y la marcha: Colocar tapetes de diferentes texturas en el suelo para crear “caminos” táctiles que inviten a la exploración física.
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Mapas cognitivos del entorno: Enseñar puntos de referencia fijos en el hogar (por ejemplo, la textura de un mueble o el sonido de la cocina) para que el niño aprenda a ubicarse de forma segura.
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Introducción al uso del bastón: Iniciar el entrenamiento con pre-bastones o bastones adaptados a temprana edad para desarrollar la marcha independiente.
Comunicación y Lenguaje:
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Descripción verbal constante: Narrar de forma clara y precisa todo lo que ocurre en el entorno (“estoy pelando una manzana, escucha cómo suena el cuchillo”).
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Uso de conceptos abstractos: Explicar conceptos espaciales (arriba, abajo, cerca, lejos) mediante el propio cuerpo del niño.
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Pre-alfabetización: Introducir libros con texturas, relieves y, progresivamente, el sistema Braille para asociar el lenguaje hablado con el escrito.
Autonomía y vida diaria
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Rutinas predecibles: Mantener horarios y ubicaciones fijas para sus pertenencias, reduciendo la ansiedad y fomentando la independencia.
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Alimentación independiente: Permitir que el niño explore la comida con las manos, aprenda la ubicación de los alimentos usando la analogía del reloj y practique el uso de cubiertos adaptados.
Intervención Familiar y Socialización
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Capacitación a cuidadores: Enseñar a los padres a evitar la sobreprotección, permitiendo que el niño experimente caídas leves y explore entornos de forma segura.
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Interacción con pares: Facilitar el juego con otros niños explicando verbalmente las dinámicas de juego que no se pueden ver.
Así, entonces, la detección temprana y la intervención multisensorial son fundamentales para prevenir el retraso psicomotor en niños con discapacidad visual, sustituyendo el estímulo visual por táctil y auditivo. La atención integral durante el periodo crítico de plasticidad cerebral permite revertir déficits y asegurar el desarrollo autónomo mediante un diagnóstico evolutivo constante. El conjunto de las intervenciones realizadas de manera oportuna sentará las bases de la vida independiente de los niños con discapacidad visual en la vida adulta.
Referencias:
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Manual de baja visión y rehabilitación visual, editorial panamericana, Coco Herrera, J. Fernández.
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Jaramillo-Cerezo, Andrea, Torres-Yepes, Valeria, Franco-Sánchez, Isabela, Llano-Naranjo, Yuliana, Arias-Uribe, Johana, & Suárez-Escudero, Juan C.. (2022). Etiología y consideraciones en salud de la discapacidad visual en la primera infancia: revisión del tema. Revista mexicana de oftalmología, 96(1), 27-36
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JD Reynolds, V Dobson, GE Quinn, AR Fielder, EA Palmer, RA Saunders, et al.
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López Pisón, J., & Monge Galindo, L.. (2011). Evaluación y manejo del niño con retraso psicomotor: Trastornos generalizados del desarrollo. Pediatría Atención Primaria.
Autora: L.O Donají López Cobilt
Coordinadora del Centro de Baja Visión del Bajío



