La conversación sobre lentes de contacto suele centrarse en materiales, diseños y avances tecnológicos. Sin embargo, la experiencia real del usuario sigue viéndose afectada por factores que van mucho más allá de la ficha técnica. A pesar de las mejoras en el sector, el malestar asociado al uso de lentes de contacto continúa siendo una causa importante de insatisfacción y abandono, y su origen suele ser multifactorial.
Uno de los errores más frecuentes es reducir el problema a la “sequedad” o asumir que toda incomodidad se resuelve cambiando de material o formulando lubricantes. La evidencia reciente muestra que la incomodidad con lentes de contacto debe entenderse como una disminución en la compatibilidad entre el lente y el entorno ocular, en la que influyen la superficie ocular, el tiempo de uso, el ambiente, la calidad lagrimal, la higiene y las condiciones individuales del paciente.
A esto se suma una valoración inicial que, en algunos casos, sigue siendo insuficiente. Cuando no se revisan con detenimiento antecedentes de alergia, estado de la película lagrimal, función de las glándulas de Meibomio, hábitos visuales, exposición ambiental y expectativas del usuario, la adaptación puede parecer correcta en consulta, pero fallar en la vida cotidiana. La literatura también ha señalado que ciertos parámetros clínicos combinados, como el non-invasive tear break-up time, el enrojecimiento limbar, los pliegues conjuntivales paralelos al borde palpebral y la calidad de la secreción meibomiana, pueden aportar valor en la identificación del problema.
Otro error persistente es subestimar los síntomas que el propio usuario refiere. Durante años, la práctica clínica ha buscado correlaciones sólidas entre signos y síntomas, pero la revisión publicada en Journal of Optometry recuerda que esa relación no siempre es consistente. Por eso, escuchar al paciente y utilizar herramientas específicas para malestar asociado a lentes de contacto, como CLDEQ-8 u OSDI, puede ser más útil que apoyarse solo en cuestionarios generales de ojo seco.
También sigue pesando la educación incompleta en el momento de la adaptación. El éxito no depende únicamente de que el lente “quede bien”, sino de que el usuario comprenda tiempos de uso, recambio, higiene, manipulación y señales de alerta. Incluso desde salud pública se ha advertido que persisten conductas de riesgo como dormir con los lentes, nadar con ellos o extender su reemplazo más allá de lo indicado, prácticas que afectan tanto la comodidad como la seguridad ocular.
En la experiencia diaria también intervienen variables que a veces no reciben suficiente atención: jornadas prolongadas frente a pantallas, aire acondicionado, baja frecuencia de parpadeo, contaminación ambiental o rutinas laborales extensas. En esos escenarios, el lente deja de evaluarse solo por sus propiedades intrínsecas y empieza a medirse por su comportamiento real en condiciones de uso sostenido. Esto ayuda a explicar por qué algunos usuarios abandonan el porte incluso cuando la adaptación inicial parecía satisfactoria.
La revisión más reciente también llama la atención sobre el componente inflamatorio. Mediadores presentes en la superficie ocular, como IL-17A, substance P, LTB4 y sPLA2, han sido relacionados con el malestar asociado al uso de lentes de contacto, lo que refuerza la idea de que este fenómeno no puede abordarse como una molestia menor ni como una simple falla del material.
En ese contexto, otro desacierto clínico consiste en ofrecer soluciones rápidas sin revisar el sistema completo. La evidencia apunta a que, antes de indicar lágrimas artificiales como primera respuesta, conviene revisar factores de riesgo, estado palpebral, higiene, condiciones ambientales y hasta la conveniencia de migrar a modalidades como los lentes diarios desechables cuando el caso lo justifique.
Más allá de la innovación en materiales, la experiencia del usuario sigue dependiendo de una adaptación integral, de una lectura más fina de la superficie ocular y de una comunicación más clara entre profesional y paciente. El desafío ya no es solo lograr que el lente funcione en términos ópticos, sino que pueda sostenerse con comodidad, seguridad y adherencia en la vida real.
Referencias
Valencia-Nieto L, González García MJ, López-Miguel A. A review of contact lens discomfort: from the clinic to the laboratory. Journal of Optometry. 2026;19(1).
Pucker AD, Tichenor AA. A Review of Contact Lens Dropout. Clin Optom (Auckl). 2020. BCLA CLEAR Summary. 2021. CDC/MMWR sobre conductas de riesgo y educación en usuarios de lentes de contacto.



