Departamento Editorial de Franja Visual
Por momentos parece que el Dr. Martín Gallegos Duarte jamás dejó de ser ese niño que, con cinco años, le anunciaba a su madre —en medio de pequeños animales rescatados del patio— que iba a ser médico. Hoy, décadas después, ese impulso primario de entender cómo funciona la vida persiste intacto, solo que ahora su laboratorio no es la mesa de la cocina, sino la corteza cerebral humana, y su herramienta ya no es la curiosidad infantil sino la matemática, la neuroimagen y la obstinación científica.
Ese impulso, que empezó como una intuición infantil, se transformó con el tiempo en una forma muy particular de mirar el estrabismo, no con la distancia técnica de quien define ángulos y desviaciones, sino con la atención de quien sospecha que hay algo más detrás.
Gallegos, neurooftalmólogo mexicano con más de 35 años de trayectoria, llegó a América Latina con un mensaje claro, y es que el estrabismo no es un evento aislado del ojo, sino una expresión del cerebro. Es así, como su trabajo, que él describe como el intento de “disecar la corteza visual sin bisturí”, ha ido más allá de los límites habituales de la oftalmología para abrir una discusión que une a optometristas, neurólogos, terapeutas visuales y oftalmólogos en un mismo territorio conceptual: el del neuroestrabismo como modelo biológico y clínico.
A lo largo de los años, su mirada fue tomando forma de método, entonces se dio cuenta que los signos que aparecían en consulta —un ojo que asciende, una respuesta acomodativa que no cuadra, un reflejo exagerado— no eran fenómenos independientes, sino el modo en que el cerebro ponía en evidencia un desequilibrio interno. Esa lectura integradora lo llevó a trabajar con un interrogante simple y constante: ¿qué nos está diciendo realmente el sistema visual cuando se desvía?
Esa pregunta que marcó el inicio de una búsqueda más amplia, no le permitió conformarse solo con observar lo evidente; volvió una y otra vez a las imágenes, analizó detalles que pasaban desapercibidos y revisó patrones con la paciencia de quien intenta ordenar un rompecabezas al que siempre le falta una pieza. “Una resonancia magnética puede verse normal, pero si analizas cada píxel, descubres alteraciones en la sustancia blanca cortical”, explica. Ese contraste entre lo visible y lo esencial es, quizá, el corazón de su propuesta
Es en ese trayecto donde nace “Neuroestrabismo: surge un nuevo paradigma”, el primero de una trilogía con la que busca darle estructura a lo que durante años estuvo disperso. Su propósito no fue escribir un tratado, sino aclarar la base: qué ocurre en el cerebro, cómo se organizan sus señales y por qué el estrabismo congénito —con su división natural de las dos miradas desde el nacimiento— ofrece una ventana única para comprenderlo.
Con esa misma lógica —la de buscar claridad en lo aparentemente complejo— surge la segunda entrega “La economía del sistema visual”, y aunque el título parezca una metáfora, no lo es. Para él, las transiciones visuales están regidas por leyes económicas: si una región cortical está hipoactiva, otra sobrecompensa; si un circuito falla, otro asume funciones que no le corresponden.
Desde esa misma intención de hacer inteligible lo profundo, nace el tercer tomo “Neuroestrabismo para todos”, pensado para traducir este universo en un lenguaje accesible para padres, psicólogos, médicos generales y terapeutas. Un aterrizaje necesario en un campo al que él mismo ha dado forma durante décadas.
Lo curioso —reconoce— es que la secuencia de su obra ocurrió al revés: lo que iba a ser el tercer libro terminó siendo el primero porque comprendió que antes de enseñar el cómo, era necesario explicar el por qué. “No puedo decir qué haría con cada tipo de paciente hasta que los profesionales aprendan a manejar las herramientas”, insiste.
Por eso esta saga no solo es un aporte académico, es una reconfiguración del pensamiento clínico. Así, Gallegos no pretende reemplazar técnicas, sino darles estructuras; no busca competir con terapeutas, optometristas u oftalmólogos, sino ofrecer un lenguaje común.
El médico, el matemático, el astrónomo
Solo cuando ese marco quedó claro, emergió otra dimensión del médico: la persona que sostiene ese pensamiento. La transición no es brusca; más bien aparece cuando uno se pregunta de dónde surge esa capacidad de observar tanto, y ahí, su vida fuera del consultorio da pistas. Gallegos toca violín y kena, no como un escaparate artístico, sino como un ejercicio para ordenar el ritmo interno; mira el cielo nocturno con interés de aficionado, busca patrones en las constelaciones como los busca en las imágenes cerebrales; y habla de la matemática con la naturalidad de quien la usa para pensar, no para presumir resultados.
Es entonces cuando se entiende que sus pasatiempos no son un apartado, sino hilos que completan el tejido. Su música explica su paciencia; la astronomía, su capacidad de ver estructuras; su gusto por los números, la forma en que desarma y vuelve a armar ideas. Nada está desconectado, todo contribuye a esa mirada que insiste en ir más allá de lo aparenta.
Por eso su trabajo conecta con tantos profesionales, ya que no pretende imponer una nueva doctrina, sino ofrecer claridad donde antes había fragmentos. “Antes de decir qué haría con un paciente, hay que entender dónde estamos parados”, afirma. Es una frase que podría sonar obvia, pero que él usa para recordarnos que la práctica clínica necesita fundamentos, no atajos.
Su libro circula, sus ideas empiezan a discutirse y su presencia —serena y firme— deja la impresión de que su aporte no radica en haber descubierto algo escondido, sino en haber decidido mirar con más detenimiento lo que siempre estuvo ahí.
Y quizá por eso el primer párrafo cobra tanta fuerza al final: aquel niño que recogía animales no desapareció. Sigue ahí, observando, comparando y preguntando, solo que hoy, en vez de explorar el patio de su casa, explora la arquitectura del cerebro humano. Y en esa continuidad, tan simple y tan coherente, se sostiene toda su vida profesional.



