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Lentes de contacto en niños: intervenir a tiempo para preservar el desarrollo visual

En contactología pediátrica, el tiempo no es un detalle operativo: es un determinante del pronóstico visual. En numerosos casos, lo que no se interviene durante el primer año de vida puede volverse irreversible. Bajo esta premisa, la adaptación de lentes de contacto en niños deja de ser una alternativa opcional y se convierte en una herramienta clínica decisiva para preservar el desarrollo del sistema visual.

La experiencia clínica demuestra que este campo exige algo más que cálculo refractivo. Implica preparación anticipada, coordinación interdisciplinaria y una logística capaz de responder con inmediatez, especialmente en escenarios de alta urgencia como cataratas congénitas, anisometropías severas o miopías elevadas en etapas críticas del desarrollo.

Intervenir con precisión y sin ensayo repetido

En casos quirúrgicos, como la catarata congénita, el trabajo comienza incluso antes de la cirugía. La obtención temprana de datos biométricos —radios de curvatura, diámetro corneal visible y medidas palpebrales— permite contar con lentes aproximadas listas para la adaptación inmediata posterior al procedimiento.

A estos parámetros se suma una valoración clave que con frecuencia pasa desapercibida en la práctica general: el análisis del fondo de saco conjuntival. En pediatría, esta evaluación no es secundaria, sino estructural para definir el diseño final del lente.

La profundidad del fondo de saco (superior e inferior) determina el espacio real disponible entre el limbo y el pliegue conjuntival, condicionando el diámetro total del lente y su movilidad. En neonatos o niños con hendiduras palpebrales estrechas, esta medida puede limitar el tamaño máximo viable.

Asimismo, la amplitud horizontal del fondo de saco influye en la estabilidad lateral del lente, especialmente en diseños de mayor diámetro o en adaptaciones especiales. La relación entre apertura palpebral y fondo de saco también debe considerarse, ya que una hendidura reducida puede dificultar la inserción y aumentar el riesgo de compresión mecánica.

Aunque no siempre cuantificable en milímetros, la elasticidad y el tono conjuntival completan la valoración. Un tejido poco distensible o con alteraciones anatómicas exige ajustes en el diámetro, el perfil de borde y el espesor para evitar fricción, hiperemia o inestabilidad.

En definitiva, estos parámetros permiten proyectar un lente que respete la anatomía real del niño, minimice manipulaciones repetidas y reduzca el riesgo de injuria sobre tejidos altamente sensibles.

La adaptación no empieza con el lente

El cálculo óptico es solo una parte del proceso. La adaptación pediátrica se sostiene sobre la confianza de la familia y la capacidad del profesional para establecer un vínculo seguro. Antes de cualquier procedimiento, es fundamental explicar con claridad, resolver temores y garantizar que los padres comprendan que el lente de contacto no es una intervención agresiva, sino una herramienta de rehabilitación visual.

En niños mayores, la estrategia clínica incluye familiarización progresiva con el entorno, juegos y aproximaciones graduales. La mayor resistencia suele presentarse entre los tres y cuatro años, cuando el niño ya comprende el contexto clínico y puede asociarlo con temor. Sin embargo, cuando el seguimiento inicia desde etapas tempranas, la adherencia suele ser notablemente mayor.

La experiencia clínica demuestra además que muchos niños aprenden con rapidez el manejo y cuidado de sus lentes, desarrollando rutinas de higiene rigurosas y alto compromiso con el tratamiento.

Cuando la corrección impacta más allá de la visión

En escenarios complejos —síndromes genéticos, cirugías cardiopulmonares o alteraciones anatómicas— el uso de gafas puede resultar poco viable. En estos casos, el lente de contacto se convierte en la opción más funcional.

Más allá de la mejora refractiva, la corrección adecuada puede impactar aspectos posturales y conductuales. Se han descrito casos en los que, tras recibir la corrección óptica, niños con bajo tono cervical o nistagmo muestran cambios significativos en su respuesta visual y motora. El acceso temprano a una imagen más nítida no solo transforma la percepción, sino también la interacción con el entorno.

Formación, seguridad y trabajo en equipo

La contactología pediátrica requiere dominio técnico y habilidades manuales sólidas. La colocación y extracción deben realizarse con precisión y rapidez para minimizar incomodidad y manipulación innecesaria. Sin embargo, el éxito no depende únicamente de la técnica.

El trabajo interdisciplinario con oftalmología pediátrica, terapeutas y otros profesionales de la salud es esencial. Asimismo, la educación continua y la disposición a consultar literatura especializada fortalecen la seguridad clínica.

En definitiva, la adaptación de lentes de contacto en niños no es un procedimiento accesorio, sino una intervención estratégica que puede modificar el curso del desarrollo visual. Animarse a trabajar en este campo implica asumir responsabilidad, preparación y sensibilidad, pero también acceder a una de las experiencias más transformadoras de la práctica clínica.

Artículo basado en el programa IACLE de Franja TV “Lentes de contacto en niños: transformando vidas a través de la visión”, con la participación de Doris Rivadeneira, OD, y Sabrina Lara, OD, especialistas en contactología. 

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