La historia de Doris Rivadeneira reúne migración, docencia, investigación y contactología. Desde Riohacha hasta Argentina, su recorrido refleja una trayectoria marcada por los cambios, la resiliencia y una manera profundamente humana de entender la salud visual.
El interés de Doris por la optometría nació en Riohacha, La Guajira, en una época en la que la ciudad contaba con muy pocos profesionales del área. Esa realidad, sumada a experiencias personales relacionadas con el uso inadecuado de lentes de contacto cosméticos, despertó en ella una curiosidad genuina por comprender mejor la salud visual y sus implicaciones. Más que una elección casual, la optometría apareció entonces como un campo por descubrir y, sobre todo, como una necesidad cercana a su propio entorno.
El siguiente paso en su camino profesional fue Bogotá, donde se formó en la Universidad de La Salle. Esa etapa, recuerda, estuvo marcada por la timidez y por el impacto de salir de una ciudad pequeña para enfrentarse a un contexto completamente nuevo. Sin embargo, las brigadas de salud y su paso por el Hospital Rafael Uribe fueron decisivos para definir su manera de ejercer: allí entendió que la práctica clínica no puede reducirse a un procedimiento técnico y que el paciente debe ser visto como una persona con necesidades concretas, no como un número dentro de una historia clínica.
Aunque hoy la contactología es uno de los ejes más sólidos de su perfil profesional, durante sus años de estudiante fue también una de las áreas que más le exigió. La clínica de lentes de contacto representó para ella un desafío importante, tanto por la exigencia académica como por las dificultades que suponía conseguir pacientes y desenvolverse con seguridad en ese escenario. Con el paso del tiempo, sin embargo, esa dificultad terminó convirtiéndose en vocación y luego en el centro de su carrera docente.
La vida la llevó a Argentina en 2008, en un cambio motivado por razones familiares que transformó por completo su recorrido profesional. Allí se encontró con una realidad distinta: la optometría no tenía el mismo lugar que en Colombia y su proceso de convalidación fue largo y limitado. Durante cerca de siete años, su vida profesional quedó en pausa, una experiencia que ella recuerda como uno de los momentos más complejos de su trayectoria. Pero lejos de quedarse inmóvil, decidió aprender desde cero. Se integró al trabajo en óptica, conoció otra lógica del ejercicio visual, se adaptó a la interpretación de prescripciones emitidas por oftalmólogos y asumió funciones técnicas y operativas que no habían sido centrales en su formación como optómetra. Esa etapa la obligó a ampliar su mirada sobre el sector y a reconstruir su perfil desde una perspectiva mucho más abierta.
Esa experiencia, que pudo haberse vivido como una limitación, terminó convirtiéndose en una fuente de crecimiento. Le permitió comprender que la profesión también se fortalece cuando se aprende a leer otros contextos, otros modelos de atención y otras formas de inserción laboral.
Con el tiempo, la docencia apareció como una nueva oportunidad. En la Universidad Nacional del Sur asumió la enseñanza de la contactología, en una decisión que surgió, según cuenta, a partir de la recomendación de dos docentes que la conocían y consideraban que tenía la preparación necesaria para liderar esa área. Ese momento fue decisivo, no solo porque le abrió una nueva etapa profesional, sino porque la llevó a reconocer capacidades que quizá antes no veía con claridad en sí misma.
Desde entonces, su trabajo como docente ha estado atravesado por una idea muy clara: la formación no puede quedarse en la teoría. Doris busca que sus estudiantes desarrollen criterio clínico, capacidad crítica, curiosidad y disposición para ir más allá de los contenidos mínimos. En grupos reducidos, ha encontrado la posibilidad de trabajar de manera más cercana y de promover una enseñanza en la que la práctica, la discusión y el análisis ocupan un lugar central.
En ese mismo camino, la investigación se convirtió en otra dimensión clave de su trabajo. Doris ha impulsado proyectos con sus estudiantes, comparaciones clínicas, análisis de herramientas utilizadas en superficie ocular y lentes de contacto, y participación en encuentros académicos donde incluso han obtenido reconocimientos. Para ella, enseñar no es repetir información, sino formar profesionales que se cuestionen, que busquen evidencia y que entiendan la curiosidad como una herramienta de crecimiento.
Ese impulso también la llevó a vincularse de manera activa con IACLE, organización que fortaleció su camino académico y docente. Más adelante, ese trabajo fue reconocido con el premio a mejor educadora de IACLE en las Américas en 2025, un hito que recibió con emoción, pero también con una reflexión profunda sobre todo lo que había recorrido para llegar allí. Fue, además, un reconocimiento especialmente significativo por tratarse de la primera vez que un profesional en Argentina obtenía ese galardón.
Más allá del reconocimiento, Doris entendió ese premio como una señal de que todavía debía seguir creciendo. En esa lógica también se inscribe su reciente ingreso al doctorado en Ciencias de la Salud, un paso que conecta con otra de sus grandes motivaciones: la salud pública y el trabajo con comunidades vulnerables.
Pero el perfil de Doris no se entiende por completo si se deja de lado su historia personal. En Argentina ha construido una vida junto a su esposo, integrante de la Armada Argentina, y sus dos hijas: una joven de 19 años que estudia psicología y una menor de 14 años. Esa familia, consolidada lejos de Colombia, ha sido también parte esencial de su proceso de adaptación y de su lectura actual sobre el crecimiento.
La distancia con sus padres, que permanecen en Riohacha, ha sido uno de los aspectos más sensibles de esa experiencia migratoria. Durante años convivió con la sensación de no saber del todo a dónde pertenecía. Hoy reconoce que su vida está en Argentina, aunque emocionalmente Colombia siga ocupando un lugar irrenunciable. Esa dualidad, lejos de desaparecer, hace parte de su identidad y de la manera en que entiende su historia.
Al mirar hacia atrás, la distancia entre aquella joven tímida que salió de Riohacha y la mujer que hoy participa en congresos, lidera procesos formativos, investiga y avanza hacia un doctorado es evidente. Más que un cambio repentino, lo que se ve es una evolución sostenida, marcada por decisiones difíciles, aprendizaje constante y una curiosidad que ha guiado todo su camino.
Por eso, al dejar un mensaje a los optómetras, insiste en tres ideas que atraviesan su historia: ejercer con pasión, actuar con humanidad y mantenerse en formación permanente. En un campo que cambia todos los días, afirma, no basta con lo aprendido en la universidad; hay que seguir estudiando y entender que detrás de cada paciente hay una vida que puede transformarse con una atención responsable.



