En el marco de INFOLAB Forum, Álvaro Alcalá presentó una conferencia centrada en la importancia de fortalecer la comunicación entre el laboratorio óptico y el optómetra, una relación fundamental para ofrecer soluciones visuales acordes con las necesidades de cada paciente. Durante su intervención, destacó la necesidad de mejorar el intercambio de información entre ambos profesionales, con el fin de favorecer la precisión en los procesos y la adecuada selección de los tratamientos visuales. A partir de esta presentación, compartimos la primera entrega de un artículo en el que el autor desarrolla aspectos clave de esta comunicación y su importancia en la práctica profesional:
La comunicación entre el laboratorio y el optometrista no es un proceso meramente administrativo: es una herramienta clínica, comercial y estratégica.
Cuando existe una comunicación efectiva, el optometrista comprende mejor las posibilidades de cada producto, prescribe con mayor intención, explica con más seguridad y ofrece soluciones que responden realmente a las necesidades de sus pacientes.
Esto mejora la experiencia visual, facilita la adaptación y fortalece la confianza del paciente. Al mismo tiempo, favorece las ventas y la rentabilidad de la óptica.
La necesidad clínica, la posibilidad tecnológica y el beneficio para el paciente deben formar parte de una misma conversación.
Del laboratorio al paciente
Cuando hablamos de la relación entre el laboratorio y el optometrista, con frecuencia pensamos en un proceso operativo: enviar una orden, solicitar una lente, confirmar una medida, revisar un tiempo de entrega o resolver una garantía.
Sin embargo, la comunicación entre ambos debería ir mucho más allá. No se trata únicamente de transmitir correctamente una graduación, sino de compartir información que permita transformar una prescripción en una verdadera solución visual.
El optometrista conoce al paciente: su condición visual, sus síntomas, sus actividades, sus antecedentes y sus expectativas. El laboratorio conoce los materiales, los procesos de fabricación, los diseños y las posibilidades técnicas para producir un lente.
Cuando estos conocimientos permanecen separados, se desaprovechan oportunidades, pero cuando se complementan, es posible obtener mejores resultados clínicos, ofrecer una mejor experiencia al paciente y aumentar el valor y la rentabilidad de la óptica.
El conocimiento clínico y el conocimiento del lente
Durante su formación, el optometrista aprende a evaluar el sistema visual, determinar el estado refractivo, estudiar la visión binocular, identificar alteraciones y prescribir una corrección. Sin embargo, no siempre recibe información suficiente sobre cómo se diseña y fabrica el lente con la que finalmente se materializará esa prescripción.
Puede conocer perfectamente la graduación y, al mismo tiempo, no tener claro qué diferencias existen entre un diseño progresivo y otro, cuál es el origen del diseño, qué tecnología se utilizó para calcularlo o qué nivel de personalización permite.
También puede desconocer la influencia de la geometría y la curva base, las posibilidades de una superficie asférica o atórica y la relación entre el material, el espesor, el peso y la calidad visual. Lo mismo sucede con los tratamientos, tintes y filtros: no siempre contamos con información suficiente para diferenciar un beneficio clínico real de una preferencia subjetiva o de un argumento exclusivamente comercial.
Esto no significa que el optometrista sea un mal profesional. Significa que, históricamente, ha existido una separación entre la formación clínica y el conocimiento técnico de la fabricación. Precisamente por eso, la comunicación con el laboratorio es indispensable.
Una graduación no cuenta toda la historia
Una prescripción indica una parte fundamental de la necesidad visual del paciente, pero no cuenta toda la historia. Dos personas con graduaciones semejantes pueden necesitar lentes completamente diferentes.
Una puede trabajar durante ocho horas frente a varias pantallas; otra puede conducir gran parte del día. Una puede leer documentos a una distancia corta; otra puede necesitar principalmente una buena visión intermedia. Una puede haber utilizado progresivos durante años, mientras que otra se encuentra frente a su primera experiencia. La misma receta puede requerir dos soluciones completamente distintas.
También existen diferencias en la postura, el comportamiento visual, las dimensiones del armazón, la distancia al vértice, el ángulo pantoscópico y la envolvencia. Incluso las expectativas cambian: algunos pacientes priorizan el campo de visión lejana; otros, la visión intermedia o próxima. Algunos buscan estética; otros, resistencia o facilidad de adaptación.
Prescribir un lente no consiste solamente en trasladar una fórmula al laboratorio. Consiste en seleccionar una solución compatible con la condición visual, las actividades, la anatomía, el armazón y las expectativas del paciente.
Del lente genérico a la personalización
La fabricación digital en forma libre amplió considerablemente las posibilidades de diseño y personalización. Hoy, la inteligencia artificial lleva esta evolución hacia la hiperpersonalización.
Dependiendo del diseño, el software y la tecnol
ogía disponibles, es posible controlar con mayor precisión la geometría del lente, la distribución de potencia y el comportamiento de sus diferentes zonas.
Estas tecnologías permiten producir progresivos con distintas prioridades de visión lejana, intermedia o próxima; adecuar la longitud del corredor; desarrollar lentes ocupacionales; optimizar el lente de acuerdo con la prescripción, y considerar parámetros relacionados con la posición real de uso.
También permiten desarrollar superficies con mejor calidad óptica, tratamientos más eficientes y diseños para el control de la miopía con mejores resultados. Además, es posible incorporar prismas prescritos o de compensación, considerar descentramientos, controlar espesores y producir geometrías asféricas o atóricas que ayuden a mejorar el desempeño óptico en determinadas graduaciones.
La tecnología no sustituye la evaluación clínica ni corrige por sí misma una mala prescripción. Lo que hace es ampliar las posibilidades para materializarla con mayor precisión.
El optometrista no necesita convertirse en fabricante, pero sí debe conocer qué puede solicitar, qué información necesita proporcionar y qué beneficio puede esperar.
Autor: Álvaro Alcalá Pérez



