Una prescripción correcta no garantiza por sí sola que el paciente termine utilizando la solución visual más adecuada. La distancia a la que trabaja, el tipo de montura que elige, el material del lente, las mediciones, las posibilidades reales del laboratorio y la asesoría que recibe en la óptica forman parte de una misma cadena. Cuando alguno de estos elementos se desconecta, pueden aparecer problemas de adaptación, incomodidad e incluso una solución que no responde a las necesidades reales del usuario.
Sobre estos errores frecuentes conversó Luis Gómez, docente de Óptica y Optometría de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile. Su planteamiento partió de una idea central, basado en que la óptica y la optometría son áreas que deben mantener un diálogo permanente para que el resultado final sea satisfactorio para el paciente.
Aunque la organización profesional y las competencias cambian entre los países latinoamericanos, Gómez señaló que muchas de las dificultades que se presentan en Chile también pueden encontrarse en otros mercados de la región.
La solución empieza por conocer cómo usa la visión el paciente
Uno de los primeros errores aparece desde la anamnesis. No todas las personas trabajan a la misma distancia ni utilizan exclusivamente el teléfono celular. Algunas pasan gran parte de su jornada frente a un computador, alternan entre distancias intermedias y próximas o requieren varios planos de enfoque.
Si estas condiciones no se investigan antes de prescribir, un lente monofocal para cerca puede terminar siendo insuficiente para las actividades habituales del paciente.
El mismo principio aplica a los bifocales. Gómez explicó que no constituyen necesariamente la mejor alternativa para quienes trabajan durante varias horas frente a una pantalla ubicada a distancia intermedia, pues podrían obligarlos a adoptar posiciones incómodas para encontrar la zona de visión adecuada.
Además, la altura y ubicación del segmento deben respetarse cuidadosamente. Si queda demasiado bajo, puede dificultar la visión próxima; si se posiciona demasiado alto, puede interferir con el campo visual y alterar la percepción del espacio.
Aunque los lentes progresivos ofrecen una alternativa más amplia, Gómez recordó que el bifocal sigue teniendo vigencia para determinados pacientes, especialmente por razones económicas o porque existen usuarios de mayor edad habituados a esta solución.
En los progresivos, la necesidad de personalización es aún mayor.
El profesional debe considerar si se trata de un usuario nuevo o experimentado, la adición prescrita, los campos visuales que ofrece el diseño y las características reales de las tecnologías disponibles en la óptica o el laboratorio.
Durante la conversación también se destacó la utilidad del mapeo de lentes progresivos como herramienta de control de calidad. Estos equipos permiten comprobar si el producto fabricado corresponde a la prescripción y analizar mapas de esfera y cilindro. Sin embargo, su elevado costo dificulta que todos los laboratorios dispongan de esta tecnología, por lo que también se planteó la posibilidad de utilizar servicios externos especializados en control y mapeo.
Montura, material y lente no pueden decidirse por separado
Otro error frecuente ocurre cuando la elección de la montura no se relaciona con la fórmula y el diámetro disponible del lente.
En lentes prefabricados positivos, por ejemplo, un diámetro insuficiente frente a una montura de gran tamaño puede impedir un centrado adecuado. El resultado puede generar descentramiento, efectos prismáticos y otras aberraciones que terminan afectando la calidad visual.
Para Gómez, este problema evidencia nuevamente la necesidad de comunicación entre profesional de la salud, óptica, laboratorio y taller de montaje.
La selección del material también requiere criterio. CR-39, policarbonato y materiales de alto índice presentan propiedades distintas, y el material más delgado o costoso no necesariamente constituye la mejor alternativa en todos los casos.
Un alto índice, por ejemplo, puede estar clínicamente justificado ante determinadas diferencias importantes de graduación entre ambos ojos, donde reducir el espesor y modificar las características del lente puede facilitar la adaptación. Sin embargo, recomendarlo sin una necesidad real puede representar una indicación difícil de justificar.
Esta discusión llevó también al terreno ético. En una encuesta realizada por Gómez, el 57 % de los participantes consideró que no corresponde escribir marcas o laboratorios específicos en la receta, favoreciendo indicaciones más genéricas.
Así, entonces, el profesional puede conocer las diferencias técnicas entre marcas y orientar al paciente, pero una recomendación no debería convertirse automáticamente en una imposición comercial. En ese punto, el criterio clínico, la libertad de elección y la transparencia adquieren especial importancia.
El filtro azul también exige conocer al usuario
El debate sobre los filtros para luz azul fue otro ejemplo de por qué no todos los productos deben recomendarse de la misma manera.
Gómez señaló que la evidencia disponible no permite afirmar simplemente que estos filtros “no funcionan”; el problema es que todavía no existe suficiente evidencia para sostener determinados beneficios, especialmente cuando se habla de protección ocular a largo plazo.
De hecho, en otra consulta realizada entre profesionales, el 81 % consideró que no debería recomendarse el filtro azul como una protección a largo plazo frente a posibles patologías, precisamente por la falta de evidencia clínica suficiente en humanos.
Esto no significa que todos los filtros sean iguales ni que carezcan de características relevantes. Algunos productos filtran diferentes rangos del espectro y pueden modificar en mayor o menor grado la percepción del color.
Ese efecto adquiere importancia para perfiles profesionales específicos. Un diseñador gráfico, por ejemplo, necesita gran precisión cromática; por lo tanto, una alteración perceptible del color podría resultar inconveniente para su actividad.
El mismo principio se extiende a lentes fotocromáticos y polarizados. Un usuario debe conocer, por ejemplo, que muchos lentes fotocromáticos convencionales no se activan de la misma manera dentro de un automóvil porque el parabrisas filtra gran parte de la radiación ultravioleta necesaria para iniciar el proceso de oscurecimiento.
Por eso, más que ofrecer tecnologías por tendencia, la recomendación debería partir nuevamente de las actividades y expectativas del paciente.
Una cadena en la que todos deben comunicarse
La reflexión final de Gómez apuntó hacia un problema transversal: muchas veces la comunicación está fragmentada entre quien prescribe, quien vende, el laboratorio y el taller de montaje.
Cada actor conoce una parte del proceso, pero si esa información no se comparte, el paciente puede terminar recibiendo una solución técnicamente posible pero poco adecuada para su realidad.
“Si tenemos un profesional altamente capacitado y formado, los que más ganan son los pacientes”, resumió Gómez.
Profesionalizar el sector, por tanto, no significa únicamente disponer de mejores tecnologías. También implica comprender los productos disponibles, conocer sus limitaciones, mantener criterios éticos en la recomendación y mejorar el diálogo entre consulta, óptica, laboratorio y montaje.
Porque muchos de los errores que llegan finalmente al paciente no comienzan en el lente: comienzan cuando las diferentes partes de la cadena dejan de hablar entre sí.



