Javier Oviedo, OD.
Director · FRANJA VISUAL
Durante algún tiempo tuvo la extraña sensación de que sus días habían comenzado a repetirse. No podía decir que estuviera triste y, si alguien le hubiera preguntado, probablemente habría respondido que todo marchaba bien. Tenía un buen trabajo, amigos cercanos, una vida organizada y una pequeña comunidad que la seguía en redes sociales porque conocía su profesión y tenía esa virtud, cada vez más apreciada, de explicar con sencillez las cosas difíciles. Aun así, algo le faltaba. No sabía exactamente qué. Era como si a su vida, sin estar mal, le faltara un poco de color.
Las mañanas eran la mejor prueba. Se levantaba casi siempre a la misma hora, revisaba el teléfono mientras tomaba café y después comenzaba ese pequeño ritual que todos repetimos sin prestarle demasiada atención. Abría el armario, dudaba entre dos blusas, escogía los zapatos, se maquillaba ligeramente, arreglaba su cabello y, cuando ya estaba lista, tomaba de la mesa de noche los mismos anteojos de siempre. Eran buenos anteojos. Le gustaban. El problema era que llevaban tanto tiempo acompañándola que casi habían desaparecido para ella.
Eran los anteojos de los lunes y de los domingos, de las reuniones con clientes y de las tardes en casa. Habían estado en cumpleaños, aeropuertos, cenas, fotografías familiares y centenares de videollamadas. Eran también los anteojos de sus videos, de sus historias y de aquella fotografía de perfil que llevaba más de dos años circulando por internet. Curiosamente, jamás se habría puesto durante tres años la misma camisa dos días seguidos, pero llevaba casi tres años vistiendo su rostro exactamente igual.
Nunca lo había pensado de esa manera.
La idea apareció una mañana cualquiera, mientras preparaba una presentación importante para la semana siguiente. Había trabajado durante meses en aquel proyecto y sabía que la reunión podía abrirle una oportunidad profesional interesante. Esa noche llegó a casa pensando en lo que diría, pero terminó pensando en cómo quería presentarse. Abrió el armario, sacó un traje oscuro que reservaba para ocasiones especiales, cambió dos veces de blusa, probó unos zapatos y se observó frente al espejo. Le gustó el resultado. Entonces vio sus anteojos sobre la cómoda.
Los tomó y se los puso. Algo no encajaba. No estaban mal. Simplemente contaban la historia de todos los días y ella no quería sentirse como todos los días.
Se acercó al espejo y, casi como si hablara con la mujer que tenía enfrente, pensó: Si escogí con tanto cuidado cómo vestir mi cuerpo para esta reunión, ¿por qué no puedo vestir también mi rostro? La pregunta le pareció tan obvia que se sorprendió de no habérsela hecho antes.
Aquella tarde entró en una óptica. Esta vez no llegó diciendo que necesitaba cambiar de fórmula ni preguntando cuánto costaba una montura. Cuando la asesora se acercó, ella explicó que tenía una reunión importante y quería verse elegante, profesional, segura y ejecutiva. La mujer la escuchó con atención y comenzó a buscar. Sobre la mesa aparecieron monturas negras, transparentes, gruesas, delgadas, redondas y geométricas. Algunas apenas permanecieron unos segundos sobre su rostro; otras consiguieron que se acercara al espejo y ladeara ligeramente la cabeza, como hacemos cuando algo comienza a gustarnos.
Hasta que encontró una. Era negra, de líneas definidas, elegante y con suficiente carácter para hacerse notar sin dominar su rostro. Se la puso y permaneció unos segundos mirándose. Después retrocedió para verse completa. Observó los anteojos, el cabello, su expresión y trató de imaginar el traje oscuro que había dejado preparado en casa.
Entonces ocurrió algo muy sencillo: se sonrió a sí misma.
No había rejuvenecido diez años ni se había convertido repentinamente en una ejecutiva más competente. Seguía siendo exactamente la misma mujer. Pero le gustaba lo que veía y, quizá más importante, le gustaba cómo se sentía al verse.
Esperó sus nuevos anteojos con una impaciencia que le resultó divertida.
El día de la presentación se levantó más temprano de lo necesario. Se vistió despacio y dejó los anteojos para el final, casi como quien reserva para último momento el accesorio que completa un atuendo. Cuando se los puso, se miró y sintió esa pequeña satisfacción que aparece cuando uno sabe que acertó.
La reunión comenzó con normalidad. Sin embargo, a medida que avanzaba, ella misma percibió algo diferente. Explicó sus ideas con propiedad, sostuvo la mirada cuando llegaron las preguntas difíciles y defendió una propuesta que meses atrás habría presentado con mayor cautela. Los anteojos, naturalmente, no sabían absolutamente nada de negocios y no podían responder una sola pregunta por ella. Todo lo que estaba diciendo lo sabía desde antes. Pero aquella mañana se sentía particularmente cómoda consigo misma, segura y confiada, y esa sensación la acompañaba cuando hablaba.
Al terminar, mientras los demás recogían sus cosas, su jefe se acercó. —Muy buena presentación —le dijo—. Y no sé qué cambiaste hoy, pero te ves muy bien. Diferente. Muy segura… muy tú.
Ella agradeció y siguió guardando sus papeles, pero dejó de escuchar por un instante. Muy tú. La expresión le causó gracia. ¿Cómo podía verse más “ella” precisamente el día en que había decidido cambiar?
Esa noche, antes de dormir, dejó los anteojos sobre la mesa y volvió a observarlos. Ya no pensaba solamente en la reunión. Pensaba en la sensación que había experimentado durante todo el día. Entonces apareció una segunda pregunta, mucho más peligrosa para su antigua costumbre: ¿por qué tendría que esperar otros tres años para volver a cambiar?
Volvió a la óptica pocos días después. Esta vez llegó sonriendo. —Ahora quiero todo lo contrario —dijo—. Quiero verme relajada fresca, informal.
La búsqueda fue diferente. Encontraron una montura translúcida, ligeramente ovalada, mucho más ligera que la anterior. Al probársela se imaginó inmediatamente con jeans, camisa blanca y el cabello suelto. Luego apareció una montura de color que jamás habría considerado antes. Se la puso, se rio y dijo que era demasiado. Se la quitó. Volvió a ponérsela. La asesora también rio.
—Creo que no es demasiado —le dijo—. Creo que todavía no estás acostumbrada a verte así.
La frase quedó sembrada. Comenzó entonces un juego inesperado. Descubrió que frente al espejo no aparecían mujeres distintas, sino distintas expresiones de la misma mujer. Una montura endurecía ligeramente sus facciones; otra las hacía más suaves. Algunas parecían pedir una chaqueta; otras, unos jeans. Había anteojos para hablar de negocios y otros que parecían hechos para reír.
Y ella, que meses atrás sentía que a sus días les faltaba un poco de color, empezó a esperar con cierta ilusión el momento de vestirse por las mañanas.
Sus seguidores fueron los primeros en decírselo. Un martes grabó uno de sus videos profesionales con la montura translúcida que vestía su rostro; habló del tema que tenía preparado, publicó el contenido y continuó trabajando. Horas después descubrió que los comentarios eran diferentes a los habituales. Algunos hablaban de su explicación, pero otros preguntaban qué había cambiado. “Te ves espectacular”. “Me encantan esos anteojos”. “Te ves más joven”. Hasta que una mujer que la seguía desde hacía tiempo escribió algo que la hizo detenerse: “Últimamente te veo más alegre”.
Ella leyó nuevamente el comentario. Decía “te ves diferente, más alegre”. Y esa palabra sí la conmovió.
Quizá los demás estaban viendo algo que ella apenas comenzaba a descubrir: divertirse con su propia imagen había introducido una pequeña dosis de entusiasmo en su rutina. Escoger cómo presentarse se había convertido en una decisión cotidiana, sencilla, pero profundamente personal.
El siguiente descubrimiento ocurrió casi por accidente. Su optómetra le había recomendado lentes de contacto para alternarlos con sus anteojos. Una noche tenía una cena con compañeros de trabajo y algunos clientes. Había tenido un día agotador y estuvo a punto de cancelar, pero finalmente decidió asistir. Antes de salir se puso los lentes de contacto, terminó de maquillarse y, cuando levantó la cabeza frente al espejo, se quedó observándose.
Allí estaban sus ojos completamente descubiertos. Se acercó un poco. Sonrió. Movió el cabello. Era extraño: después de tantos días jugando con monturas, ahora la ausencia de ellas también parecía una manera de vestir su rostro.
En la cena, uno de los invitados la observó durante unos segundos antes de acercarse. — ¿Tú eres la chica de los videos de la empresa? —La misma —respondió ella. Él sonrió. —Pues no pareces la misma.
Aquello fue suficiente para comenzar una conversación. Hablaron del trabajo, después de sus videos y, sin saber exactamente cuándo, terminaron hablando de viajes, música, comida y de esas tonterías deliciosas que aparecen cuando dos personas dejan de esforzarse por resultar interesantes.
Al despedirse, él preguntó si podían volver a verse. Camino a casa ella sonrió.
Sabía perfectamente que unos lentes de contacto no consiguen pareja, del mismo modo que una montura no obtiene un ascenso ni unos anteojos de sol construyen autoestima. Pero también comenzaba a comprender algo menos evidente: cuando una persona se siente cómoda con su imagen, levanta más la mirada, sonríe con mayor facilidad, habla con menos prevención, con mayor seguridad y permite que otros descubran aquello que siempre estuvo allí.
La historia continuó. Llegó un jueves a la oficina con aquella montura de color que inicialmente le había parecido demasiado atrevida. — ¿Otros anteojos? —preguntó una compañera. —Sí. — ¿Pero cuántos tienes? Ella estuvo a punto de responder cuando vio los zapatos de su amiga. —No sé. ¿Cuántos pares de zapatos tienes tú?
Las dos se echaron a reír, pero durante el resto del día aquella conversación permaneció rondándole la cabeza. En su casa había vestidos para reuniones, ropa deportiva, zapatos para salir, prendas para viajar, accesorios para una cena y hasta ropa que probablemente jamás volvería a utilizar. Sin embargo, durante años había aceptado tener un solo par de anteojos para trabajar, viajar, celebrar, enamorarse, descansar, grabar videos y vivir.
Ahora le parecía incomprensible.
El viernes descubrió otra dimensión del asunto. Trabajó desde casa y pasó buena parte del día frente al computador: tres reuniones virtuales, una capacitación y la grabación de contenidos para sus redes. En algún momento, mientras esperaba que comenzara una videollamada, observó su propia imagen en la pantalla y comprendió algo que siempre había estado frente a ella.
De todo lo que se había puesto aquella mañana, casi nada era visible. La pantalla mostraba fundamentalmente su rostro. Su rostro cuando hablaba, cuando escuchaba, cuando sonreía, cuando intentaba convencer. Su rostro era también parte de su actividad profesional y, para una mujer que había construido una pequeña comunidad en redes sociales, era además parte de su identidad pública. Vivíamos en un tiempo extraño, pensó: podíamos pasar horas escogiendo cómo vestir el cuerpo para terminar apareciendo ante cientos de personas dentro de un pequeño rectángulo en el que casi solamente se veía nuestra cara.
A partir de entonces comenzó a elegir sus anteojos pensando también en lo que quería comunicar. Algunos acompañaban sus contenidos más profesionales; otros le daban una apariencia más cercana. En ocasiones prefería los lentes de contacto. Y cuando llegaba el fin de semana, unos buenos anteojos de sol se convertían en parte natural de su atuendo para caminar, viajar o simplemente sentarse en una terraza.
Un sábado, después de publicar una fotografía con ropa deportiva y anteojos de sol, recorrió por curiosidad las imágenes de las últimas semanas. Se vio con monturas negras, transparentes, de color, con lentes de contacto, con anteojos de sol. Se vio seria, sonriente, ejecutiva, informal, arreglada y despeinada.
Y entendió finalmente el secreto: nunca había intentado convertirse en otra mujer. Estaba descubriendo cuántas mujeres cabían dentro de ella.
El domingo siguiente abrió el cajón donde ahora guardaba sus anteojos. Los observó con una satisfacción difícil de explicar. Cerca estaban los lentes de contacto y, sobre la mesa, los anteojos de sol. Su vida había ganado entusiasmo gracias al efecto que generaban en su vida cotidiana estos elementos. Y a pesar de que tenía reuniones difíciles, proyectos que fracasaban y algunos días complicados, su historia había cambiado. Incluso recordó a ese hombre que había conocido en la cena y que ahora comenzaba a formar parte de su vida.
Sus días ya no eran iguales. Había recuperado una ilusión cotidiana: encontrarse con ella misma cada mañana y decidir qué parte de su personalidad quería mostrar.



