Lina María Hurtado, Periodista de Franja Visual
Pensar la visión exclusivamente desde la agudeza visual resulta insuficiente para explicar el desempeño cotidiano de las personas. Ver 20/20 no garantiza leer con comprensión, aprender con fluidez, conducir con seguridad ni responder adecuadamente a los estímulos del entorno. Desde esta limitación del enfoque tradicional se construye la práctica clínica de Marcela Camacho, optómetra colombiana especializada en entrenamiento visual, cuya trayectoria refleja un cambio de paradigma: pasar del “ver mejor” al “rendir mejor”.
Este cambio no surge de una elección académica fortuita, sino de una experiencia personal que marcó su manera de entender la optometría. Durante su adolescencia, el proceso de rehabilitación visual de su madre tras un accidente grave le permitió observar que la recuperación visual no se limitaba a la corrección óptica, sino que implicaba funcionalidad, adaptación y calidad de vida. A partir de allí, la formación universitaria, más de una década de ejercicio clínico en terapia y ortóptica y el contacto continuo con pacientes de distintas edades consolidaron una práctica que concibe la visión como un sistema complejo, integrado por componentes motores, perceptuales y cognitivos.
Desde esa comprensión ampliada, el entrenamiento visual se distancia de la idea de técnica puntual o ejercicio repetitivo. En la práctica clínica se configura como una especialización de la optometría orientada a optimizar la eficiencia del sistema visual, incluso cuando la agudeza visual es adecuada. Así, la corrección óptica deja de ser el punto final y se convierte en el inicio de un análisis más profundo, donde la acomodación, la convergencia, la coordinación ojo-mano, la percepción visual y la integración visomotora adquieren un papel central en la respuesta funcional del paciente.
De la consulta tradicional al análisis del rendimiento visual
Comprender la visión desde el rendimiento obliga a cuestionar uno de los supuestos más arraigados en la práctica clínica: que prescribir gafas o lentes de contacto resuelve automáticamente los problemas visuales asociados al aprendizaje o al desempeño. En la experiencia cotidiana de consulta, Marcela observa que muchos pacientes, aun con una refracción adecuada, continúan presentando síntomas, bajo rendimiento o dificultades funcionales, lo que evidencia una brecha entre ver y funcionar visualmente.
Esa brecha se ha hecho más evidente en los últimos años con el cambio en el perfil de los pacientes. El aumento de alteraciones acomodativas en población infantil, frecuentemente asociado al uso intensivo de pantallas, ha modificado los motivos de consulta. Problemas que antes eran característicos de adultos hoy aparecen en niños, junto con errores diagnósticos frecuentes entre progresión real de miopía y pseudomiopía cuando no se evalúa a fondo el sistema acomodativo. En este contexto, la evaluación visual tradicional resulta claramente limitada.
Cuando el objetivo clínico se desplaza hacia el rendimiento visual, el abordaje cambia de manera sustancial. La evaluación se amplía, se profundiza y se orienta a entender cómo el sistema visual procesa la información y de qué manera el paciente responde a ella en situaciones reales. La agudeza visual deja de ser el eje exclusivo y pasa a integrarse dentro de un análisis funcional más amplio, donde la percepción, la atención, la toma de decisiones y la respuesta motora forman parte del mismo sistema.
Este enfoque permite explicar por qué dos personas que “ven bien” pueden reaccionar de manera completamente distinta ante un mismo estímulo, ya sea al conducir, leer, practicar un deporte o desplazarse en un espacio determinado. La visión, entendida así, se convierte en un proceso dinámico que conecta el ojo con el cerebro y con la acción.
Neurociencia y tecnología: el respaldo científico del entrenamiento visual
Este cambio en la forma de evaluar y tratar al paciente encuentra sustento en la evolución científica del entrenamiento visual, impulsada por los avances en neurociencia. A medida que se comprendieron mejor las vías neuronales y la conexión del sistema visual con múltiples áreas cerebrales, la ortóptica clásica, centrada durante años en ambliopías y estrabismos, dio paso a una visión integradora en la que la percepción, la cognición y el movimiento se entienden como procesos interdependientes.
Desde esta perspectiva, la personalización del tratamiento se vuelve indispensable. No existen protocolos universales, ya que cada paciente presenta demandas funcionales específicas. La evaluación exhaustiva permite definir objetivos claros, estructurar un plan de trabajo individualizado y realizar seguimiento continuo, ajustando el proceso según la respuesta clínica. El entrenamiento visual, en este sentido, no corrige síntomas aislados, favorece la reorganización funcional del sistema visual.
La tecnología ha fortalecido este enfoque. El uso de software especializado ha permitido cuantificar avances que antes solo se describían de forma cualitativa, aportando evidencia objetiva al proceso terapéutico. A ello se suma la inteligencia artificial, que amplía las posibilidades diagnósticas al analizar grandes volúmenes de datos. Sin embargo, en la práctica clínica el valor diferencial sigue estando en el criterio profesional, en la capacidad de interpretar esa información y traducirla en decisiones ajustadas a cada paciente.
Gracias a esta integración entre ciencia y tecnología, el impacto del entrenamiento visual se hace visible en distintos escenarios. En niños, se refleja en mejoras en lectura, comprensión, coordinación y atención; en adultos, en mayor seguridad al conducir y mejor desempeño laboral; en adultos mayores, en mayor autonomía y reducción del riesgo de caídas; y en deportistas, en una optimización de la velocidad de reacción y la toma de decisiones. En todos los casos, el eje común es la funcionalidad.
Calidad de vida, dimensión humana y proyección del entrenamiento visual
Incluso en contextos clínicos complejos, como accidentes cerebrovasculares, enfermedades neurodegenerativas o etapas avanzadas de enfermedad, el entrenamiento visual puede aportar bienestar funcional. En estos escenarios, el éxito terapéutico deja de medirse únicamente en términos de corrección y se redefine desde la calidad de vida, la autonomía y la posibilidad de mantener actividades significativas para el paciente.
Es en este punto donde la dimensión humana del entrenamiento visual adquiere un peso central. El trabajo clínico implica cercanía, seguimiento y acompañamiento en momentos de alta vulnerabilidad. Casos de enfermedad grave, diagnósticos tardíos o decisiones vitales difíciles confrontan al profesional con límites técnicos y emocionales. Para Marcela Camacho, la empatía no es un elemento accesorio, sino parte constitutiva del cuidado, incluso cuando el margen de intervención es limitado.
Mirando hacia el futuro, el entrenamiento visual continuará evolucionando de la mano de la neurociencia y la tecnología. Sin embargo, esta proyección incorpora una preocupación ética y social: la accesibilidad. Desarrollar herramientas que permitan llevar el entrenamiento visual a contextos educativos y sociales con recursos limitados, especialmente en población infantil, se convierte en un propósito que trasciende la consulta individual y amplía el impacto del ejercicio profesional.
En esa convergencia entre ciencia, tecnología y humanidad se sintetiza una forma contemporánea de ejercer la optometría, donde la visión deja de ser un número en una cartilla y se entiende como una función viva que atraviesa el aprendizaje, el movimiento, la emoción y la experiencia cotidiana. Aportar a la calidad de vida de las personas, más que una consigna, se convierte así en el eje que da sentido al entrenamiento visual.



