La rehabilitación visual es un proceso fundamental para las personas con baja visión, ya que les permite optimizar su capacidad visual remanente y mejorar su calidad de vida. A diferencia de la simple prescripción de gafas, este proceso es integral y abarca el aprendizaje del uso de ayudas ópticas, no ópticas y tiflotecnología. La optómetra especialista en Baja Visión, Dra. Kelic Caro Palacios, enfatiza la importancia de este enfoque para que los pacientes puedan desarrollar habilidades funcionales que les permitan mayor autonomía en sus actividades diarias.
El programa de rehabilitación visual se basa en ejercicios específicos para maximizar el uso del remanente visual del paciente. Además del uso de gafas, las personas con baja visión requieren ayudas adicionales que deben aprender a manejar de manera efectiva. El objetivo principal es dotar al paciente de herramientas que le permitan desempeñarse con mayor independencia en su vida cotidiana.
La duración del proceso de rehabilitación varía según las necesidades del paciente y los objetivos establecidos tras la valoración inicial. Generalmente, las sesiones inician con un mínimo de tres a cuatro, pero el número final depende del progreso individual. Cada sesión, con una duración de 30 a 40 minutos, está diseñada para avanzar progresivamente, respetando el estado físico y emocional del paciente. En algunos casos, el proceso puede extenderse a seis, diez o doce sesiones, dependiendo de las habilidades y necesidades visuales que se vayan identificando a lo largo de la rehabilitación.
El objetivo principal de este programa suele centrarse en mejorar la visión de cerca, lo que impacta directamente en actividades como la lectura y el reconocimiento de dinero. Para los adultos mayores, esto se traduce en la posibilidad de realizar gestiones como firmar documentos o acudir al banco con mayor autonomía. No obstante, a medida que avanza el proceso, pueden sumarse nuevos objetivos, como mejorar la movilidad y evitar tropiezos al desplazarse. En todos los casos, el enfoque principal es mejorar la calidad visual y, con ello, la calidad de vida del paciente.
El éxito del programa de rehabilitación visual también depende del apoyo del entorno familiar. Generalmente, los pacientes asisten acompañados a las sesiones, lo que hace que la participación de sus familiares sea crucial. La parte psicológica también juega un papel determinante, ya que la pérdida progresiva de la visión puede generar ansiedad y frustración. Por ello, es fundamental ser honestos sobre las posibilidades de mejora y evitar crear falsas expectativas. Además, es necesario enseñar no solo el uso de ayudas ópticas y electrónicas, sino también, en algunos casos, el manejo del bastón para facilitar la movilidad y seguridad del paciente.
El acompañamiento de la familia es vital para el éxito del tratamiento. La falta de compromiso, como no asistir a las citas o no seguir las recomendaciones, puede afectar negativamente la evolución del paciente. Muchas personas con baja visión inician el proceso con escepticismo debido a experiencias previas fallidas, por lo que la paciencia y el refuerzo positivo en el hogar son esenciales, especialmente cuando se realizan ejercicios en casa. El seguimiento constante por parte de los acompañantes puede marcar la diferencia en la eficacia del tratamiento.
El éxito del programa se mide inicialmente por el logro del objetivo principal planteado en la rehabilitación. Sin embargo, es fundamental realizar un seguimiento a largo plazo para evaluar la continuidad en el uso de las ayudas y el mantenimiento de los logros alcanzados. Un control a los seis meses posterior al alta permite verificar los avances y realizar ajustes si es necesario. Entre los resultados tangibles destacan la capacidad de distinguir billetes, realizar actividades recreativas como pintar y recuperar independencia en tareas diarias. Más allá de los avances visuales, la alegría, confianza y tranquilidad del paciente y su familia son indicadores clave del éxito de la rehabilitación.
El programa de rehabilitación se adapta a todas las edades, desde niños hasta adultos mayores. En todos los casos, las sesiones se enfocan en mejorar las habilidades visuales necesarias para la vida diaria. La principal diferencia radica en los estímulos utilizados: mientras que en los adultos se trabaja con letras, en los niños se usan números o figuras. Asimismo, las ayudas visuales, aunque similares, se ajustan al tamaño y necesidades específicas de cada grupo etario.
Pese a la importancia de la rehabilitación visual, la cantidad de especialistas en baja visión sigue siendo limitada. En países como Colombia y Perú, el número de rehabilitadores visuales es reducido en comparación con la población que podría beneficiarse de estos programas. La falta de derivación por parte de oftalmólogos y optómetras es otro obstáculo significativo, ya que muchos pacientes con baja visión desconocen que existen alternativas de rehabilitación y se resignan a vivir con sus limitaciones. La educación y sensibilización de los profesionales de la salud visual es crucial para garantizar que los pacientes reciban la atención adecuada.
El programa de rehabilitación visual representa una oportunidad invaluable para mejorar la calidad de vida e independencia de las personas con baja visión. La colaboración entre profesionales de la salud visual, pacientes y sus familias es fundamental para lograr resultados exitosos. Con el compromiso adecuado y la orientación correcta, la rehabilitación visual se convierte en una luz de esperanza para quienes buscan recuperar su autonomía y bienestar.