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Materiales ópticos: cuando la clínica se encuentra con el laboratorio

En la práctica optométrica, la prescripción suele interpretarse como el cierre del acto clínico. Sin embargo, desde la perspectiva del laboratorio, representa apenas el inicio de un proceso técnico en el que cada decisión —material, diseño, curvatura y tratamiento— condiciona el resultado final.

La relación entre la intención clínica y la ejecución industrial sigue siendo un aspecto relevante dentro de la cadena de valor de la óptica oftálmica. Cuando esta articulación se aborda de forma tardía o parcial, pueden surgir lentes técnicamente fabricables, pero con limitaciones funcionales o estéticas que impactan en los tiempos de entrega, los reprocesos y la experiencia del usuario.

 

En este contexto, comprender las propiedades físicas de los materiales oftálmicos se convierte en una herramienta estratégica para fortalecer el diálogo entre el consultorio y el laboratorio.

 

El puente entre el consultorio y el laboratorio

Una prescripción no es un producto terminado, sino el punto de partida de una cadena de valor compuesta por varios eslabones interdependientes:

  1. Evaluación clínica y prescripción, donde se define el diagnóstico refractivo.
  2. Selección de materiales y diseño óptico, ajustada a las necesidades visuales, funcionales y estéticas del usuario.
  3. Interpretación técnica y fabricación, etapa en la que el laboratorio traduce la receta en un lente físico.
  4. Verificación y adaptación final, que incluye control de calidad, montaje y entrega.

Cuando alguno de estos eslabones se debilita, en el laboratorio suelen aparecer recetas técnicamente viables, pero prácticamente problemáticas. Esto ocurre, por ejemplo, cuando no se consideran las variables de manufactura y el generador digital rechaza la orden o el resultado final compromete la estabilidad, la estética o el confort.

La articulación entre clínica y laboratorio no elimina por completo las dificultades, pero sí permite anticiparlas y reducir su impacto en el proceso.

Las propiedades ópticas críticas: el “ADN” del lente

La elección del material adecuado requiere comprender tres propiedades fundamentales que determinan el comportamiento óptico y físico del lente.

Índice de refracción:

Define la capacidad del material para desviar la luz. En las resinas oftálmicas actuales, los índices oscilan entre 1.50 y 1.74. La experiencia histórica con materiales de muy alto índice, como el vidrio 1.9, mostró que la reducción de espesor no siempre se traduce en una mejor experiencia de uso cuando el peso del lente se incrementa de forma significativa.

Valor Abbe:

Indica el nivel de dispersión cromática del material. Valores bajos favorecen la aparición de aberraciones cromáticas periféricas, percibidas por el usuario como halos o “arcoíris”, que pueden afectar la nitidez fuera del eje visual.

Peso específico (densidad):

Determina la carga física sobre el rostro. Materiales con alta densidad pueden generar fatiga, presión sobre el tabique nasal y menor tolerancia al uso prolongado, incluso cuando el diseño óptico es correcto. Ver Tabla. 1.

 

Propiedad física

Impacto en el lente

Consecuencia para el paciente

Índice de refracción

Espesores centrales y de borde

Mejor estética en fórmulas altas

Valor Abbe

Nitidez y aberración cromática

Más claridad periférica y menos arcoíris visuales

Peso específico

Carga física sobre el rostro

Mayor comodidad prolongada y menos fatiga y marcas nasales

Tabla 1. Relación entre las propiedades. 

Análisis de materiales comunes: la mirada desde el laboratorio

 

La elección del material no responde únicamente a criterios comerciales, sino a una evaluación estratégica que combina desempeño óptico, resistencia mecánica y expectativas del usuario.

CR-39 (índice 1.50):

En graduaciones bajas y monturas de aro completo, continúa ofreciendo una calidad óptica consistente. Sin embargo, en monturas al aire o perforadas, su comportamiento mecánico suele generar fracturas prematuras en los puntos de anclaje.

Policarbonato:

Es ampliamente utilizado en población pediátrica, deporte y lentes de seguridad debido a su alta resistencia al impacto. Desde el laboratorio, se observa que su sensibilidad a solventes químicos exige cuidados específicos durante el montaje, ya que el uso de alcohol o acetona puede provocar microfisuras o agrietamiento inmediato.

Resinas de alto índice (1.67 y 1.74):

En miopías e hipermetropías elevadas, permiten reducir espesores y mejorar la estética del lente. No obstante, su mayor densidad hace recomendable una comunicación clara con el usuario sobre el equilibrio entre delgadez y peso final.

Limitaciones técnicas: cuando la moda se enfrenta a la física

El laboratorio moderno opera con sistemas LMS y plataformas Freeform que integran controles automáticos de calidad. Estos sistemas están diseñados para evitar espesores excesivamente delgados que comprometan la estabilidad estructural del lente.

El conflicto de la curva base:

Un escenario frecuente es la combinación de monturas de diseño plano con recetas positivas elevadas, especialmente cuando se incorporan sobrelentes o clip-on polarizados. En estos casos, las curvas base requeridas por la prescripción no siempre son compatibles con el diseño del armazón, lo que puede generar problemas de ajuste, liberación del lente o distorsiones ópticas.

Límites del tallado digital:

Aunque la tecnología Freeform amplió de forma significativa las posibilidades de diseño, los desarrolladores de software suelen establecer umbrales técnicos, particularmente en cilindros elevados. Forzar estos límites puede derivar en aberraciones laterales difíciles de predecir y fuera de los parámetros de responsabilidad del fabricante.

Tratamientos y superficies: la ciencia de las capas:

El tratamiento antirreflejante sigue siendo uno de los aspectos más discutidos en la práctica clínica y comercial. Desde el laboratorio, se observa que su desempeño depende en gran medida de la compatibilidad entre el material base, el lacado y la curvatura del lente.

El hard coat cumple un rol determinante: cuando el tratamiento se cuartea o se desprende, la causa suele estar relacionada con una incompatibilidad en esta capa previa más que con el AR en sí.

En términos de durabilidad, se estima que la capa superior del tratamiento antirreflejante tiene un espesor aproximado de 12 nanómetros y que, bajo condiciones normales de uso, su degradación es progresiva. Con el tiempo, las propiedades hidrofóbicas y de nitidez tienden a disminuir, lo que forma parte del ciclo natural del lente.

El valor estratégico del conocimiento técnico

Mirar la óptica oftálmica desde el laboratorio aporta una lectura distinta de la prescripción, en la que los límites técnicos, los procesos de fabricación y la eficiencia productiva adquieren un rol central. En entornos productivos eficientes, pequeñas desviaciones en la prescripción o en la selección de materiales pueden tener un impacto significativo en costos, tiempos y satisfacción del usuario.

Más allá de la tecnología disponible, la integración efectiva entre clínica y laboratorio se consolida como uno de los factores que más contribuyen a la calidad final de la solución óptica. Este conocimiento técnico no solo mejora los resultados, sino que fortalece el criterio profesional y la capacidad del optometrista para ofrecer soluciones visuales coherentes, funcionales y sostenibles en el tiempo.

Este artículo se basa en el programa Tallando Conceptos: “Del consultorio al laboratorio: El valor estratégico de la formación técnica del optómetra”. El programa completo puede verse aquí:


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