Durante décadas, la agudeza visual 20/20 ha funcionado como el parámetro más reconocido para evaluar la visión. Sin embargo, en la práctica clínica contemporánea se evidencia que la nitidez no equivale a funcionalidad. La visión eficiente es un proceso binocular y neurocognitivo que exige comprender cómo los ojos —y el cerebro— construyen una percepción integrada del entorno.
Este enfoque plantea una pregunta crucial para la salud visual: ¿cuántas personas observan el mundo con dos ojos abiertos, pero sin una visión binocular verdaderamente estable? La respuesta, como señalan especialistas en el área, es más frecuente de lo que se sospecha. La optómetra colombiana Luz Esperanza González resume esta realidad con una frase que ha ganado fuerza en la práctica profesional: “dos ojos abiertos no son sinónimo de visión binocular estable”.
Hábitos modernos, cargas nuevas: una binocularidad bajo presión
El incremento sostenido de tareas en visión próxima, la exposición prolongada a pantallas y las jornadas laborales extensas han generado una carga significativa sobre el sistema visual. La insuficiencia de convergencia —anteriormente asociada principalmente a población infantil— se observa ahora de manera recurrente en adultos jóvenes y adultos mayores, como consecuencia del colapso del sistema de reservas ante el estrés visual sostenido.
En el ámbito escolar, las disfunciones binoculares no diagnosticadas pueden expresarse en dificultades para copiar de la pizarra, cambiar el enfoque entre distancias o mantener la motricidad fina necesaria para escribir con fluidez. Estos retos se manifiestan como escritura poco prolija, velocidad lectora reducida o distracción en clase. Más allá de lo académico, la disfunción binocular influye directamente en la conducta y en la forma en que el estudiante se adapta a su entorno de aprendizaje.
Terapia visual y entrenamiento: conceptos distintos
En la práctica profesional suele existir confusión entre los términos terapia visual y entrenamiento visual, pero su distinción es fundamental:
• Terapia visual: se orienta a corregir una disfunción binocular, estrábica o no, y busca normalizar la función hasta llevarla a parámetros adecuados.
• Entrenamiento visual: se dirige a potenciar habilidades en sistemas que ya funcionan dentro del rango esperado, como ocurre en la visión deportiva o en personas con altas capacidades perceptuales.
El análisis de casos clínicos evidencia que no se pueden potenciar habilidades en un sistema que aún presenta deficiencias funcionales. Un paciente deportista adolescente, por ejemplo, solo puede ingresar a programas de alto rendimiento una vez consolidada la base binocular que la terapia visual corrige.
El vacío diagnóstico: una deuda histórica en salud visual
Especialistas coinciden en que existe un subdiagnóstico persistente de alteraciones binoculares. Numerosos adultos descubren en etapas tardías condiciones presentes desde la infancia, como ambliopías anisometrópicas que no fueron identificadas oportunamente.
Una de las causas principales es la ausencia de evaluación estandarizada y el uso insuficiente de herramientas específicas. La detección de problemas binoculares requiere test de estereopsis adecuados a la edad, cartas visuales específicas y un enfoque clínico actualizado. Cuando estas herramientas no están disponibles, los problemas de aprendizaje y de binocularidad pueden pasar inadvertidos durante años, afectando desempeño escolar, laboral y calidad de vida.
Tecnología para la práctica moderna: del consultorio a la casa
La incorporación de plataformas digitales ha transformado el abordaje de la terapia y el entrenamiento visual. Tecnologías como Ebap, Senaptec o Neural Trainer permiten trabajar habilidades perceptuales y oculomotoras con ejercicios adaptados al diagnóstico, la edad y la forma en que cada cerebro procesa la información visual.
Su aporte se refleja en varios niveles:
1. Mayor adherencia: la gamificación convierte las tareas en actividades motivantes.
2. Seguimiento estructurado: los profesionales pueden monitorear tiempos, frecuencia, desempeño y progreso real del paciente.
3. Optimización del flujo clínico: estas herramientas facilitan la gestión de un volumen mayor de casos, aunque no necesariamente reducen el tiempo total de recuperación.
El uso simultáneo de varias tecnologías se ha vuelto común en centros especializados. La selección depende del tipo de habilidad a trabajar —discriminación visual, memoria visual, orientación espacial, visión periférica, coordinación ojo-mano— y del perfil neurofuncional del paciente. La perspectiva neurocientífica es clara: cada cerebro se ensambla de manera diferente y cada intervención debe ser personalizada.
Hacia una optometría que entiende, integra y anticipa
La evaluación de la binocularidad ya no puede considerarse un complemento del examen visual, sino un eje estructural de la optometría contemporánea. La creciente demanda visual del entorno obliga a integrar esta evaluación en cada consulta y a invertir en formación, instrumentación adecuada y protocolos diagnósticos más completos.
Este enfoque reconoce que la función binocular influye en el rendimiento cognitivo, en el aprendizaje, en la productividad laboral y en la estabilidad emocional. La optometría, en consecuencia, tiene la responsabilidad de comprender, diagnosticar y manejar estas alteraciones desde una perspectiva amplia que integre la neurociencia y la dinámica del comportamiento humano.
Conclusión
La visión binocular constituye uno de los pilares más determinantes para el desempeño visual en un entorno altamente exigente. Evaluarla, tratarla y potenciarla se ha convertido en un componente esencial de la optometría moderna.
En un mundo donde la vida cotidiana depende de la precisión visual, la estabilidad binocular y la eficiencia perceptual, la relevancia clínica del sistema binocular deja de ser una opción para convertirse en una necesidad profesional inaplazable.
Artículo basado en la entrevista realizada por Javier Oviedo Director de Grupo Franja a Suelen Abril, OD, especialista en Terapia Visual.
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