
Ingryd Lorenzana: OD, FAAO, FOVDRA, CBHP

Guiomar Said Malaver: OD, Msc, PhD (C)
En los primeros años de vida, el cerebro de un niño se desarrolla a un ritmo que nunca vuelve a repetirse, formando más de un millón de nuevas conexiones neuronales cada segundo. (1) Este período explosivo de crecimiento establece la arquitectura fundacional para todo el aprendizaje, el comportamiento y la salud futuros. La investigación del Centro sobre el Niño en Desarrollo de la Universidad de Harvard revela que las vías sensoriales, como las de la visión y la audición básicas, son las primeras en desarrollarse, creando el andamiaje sobre el cual se construyen el lenguaje y las funciones cognitivas superiores. (1)
Esta secuencia biológica, simple pero profunda, posiciona a la visión no solo como una modalidad sensorial, sino como el catalizador primario del desarrollo cerebral. En el marco de las reflexiones desarrolladas en NeuroVision Franja, la visión es función cerebral, con aproximadamente la mitad de la corteza cerebral dedicada al procesamiento de información visual. (2) Para el optometrista de atención primaria, esta comprensión transforma un examen ocular pediátrico de una simple evaluación de la salud ocular y del estado refractivo en una oportunidad crítica para evaluar el desarrollo neurológico de un niño.
Los trastornos funcionales de la visión en la infancia no son problemas aislados; constituyen señales de posibles interrupciones en la cascada del desarrollo. En este contexto, los optometristas se encuentran posicionados de manera única en la primera línea para su detección temprana.
El fundamento neurocientífico: aplicando los principios del programa NeuroVisión a la atención pediátrica
La afirmación desarrollada en el marco del programa NeuroVision Franja se construye sobre una base de principios científicos fundamentales que resultan especialmente relevantes en el contexto de la atención pediátrica. Cuando el manifiesto señala que “la retina es el cerebro” alude a un hecho embriológico bien establecido: tanto la retina como la corteza cerebral surgen del neuroectodermo, lo que convierte a la retina en una extensión directa del sistema nervioso central. (3)
Cuando se evalúan los ojos de un niño, se obtiene la vista más directa y no invasiva del cerebro disponible en la práctica clínica. Esta perspectiva resulta crucial porque, como demostró un estudio de 2024 en JAMA Ophthalmology, una batería de pruebas funcionales de visión puede detectar disfunción neural sutil incluso cuando estudios estructurales avanzados, como la resonancia magnética, parecen normales. (4)
En un cerebro en desarrollo, un problema funcional de visión, como un déficit en la binocularidad, la acomodación, control oculomotor, incluso la ambliopía, constituye una señal de advertencia temprana de ineficiencia neurológica subyacente, que puede preceder cualquier otro retraso observable.
Además, la preferencia del cerebro por la eficiencia binocular es una piedra angular de este enfoque neurocéntrico. Décadas de investigación psicofísica confirman que la visión binocular produce una agudeza visual, sensibilidad al contraste y precisión perceptual superiores, fenómeno conocido como sumación binocular. (5) Para un niño, cuyo cerebro se cablea rápidamente a partir de la experiencia, el desarrollo de una binocularidad robusta no es un lujo, sino una necesidad para construir una arquitectura neural eficiente y estable.
Una interrupción en la función binocular obliga al cerebro a operar en un estado constante de estrés y compensación, desviando recursos neurales críticos que deberían destinarse al aprendizaje y al desarrollo de funciones de nivel superior.
Períodos críticos y sensitivos: por qué el tiempo lo es todo en la visión pediátrica
El concepto del período crítico, una ventana finita durante la cual el cerebro es únicamente maleable y receptivo a estímulos ambientales específicos, es central en la atención de la visión pediátrica. Como enfatiza el Centro sobre el Niño en Desarrollo, las conexiones que se forman tempranamente proporcionan una base fuerte o débil para todas las conexiones que se desarrollan posteriormente. (1)
Aunque la neuroplasticidad persiste a lo largo de la vida, la capacidad del cerebro para una adaptación a gran escala disminuye significativamente con la edad. La secuencia del desarrollo es implacable: las vías sensoriales visuales maduran primero, estableciendo la base para las habilidades del lenguaje, que a su vez sostiene las funciones cognitivas superiores. (1)
Un retraso o déficit en el sistema visual fundacional inicia un efecto dominó. El período crítico para el inicio de la visión binocular funcional ocurre entre las 10 y 16 semanas de edad, con susceptibilidad a la interrupción que se extiende durante los primeros años de vida. (6) A diferencia de un adulto, que experimenta la pérdida de visión como el menoscabo de una habilidad previamente adquirida, un niño con un trastorno funcional de la visión no logra desarrollar nuevas habilidades al ritmo esperado.
Un problema de visión binocular no corregido al primer año de vida no solo implica una mala percepción de profundidad; significa que el cerebro se está cableando de manera incorrecta durante su período más formativo, comprometiendo la base misma para el desarrollo motor, del lenguaje y cognitivo posterior. Por ello, la intervención constituye una emergencia altamente sensible al tiempo. Ver Tabla 1.
|
Hito del desarrollo |
Período sensitivo asociado |
|
Nacimiento – 3 meses |
Inicio de la visión binocular |
|
10 – 16 semanas |
Susceptibilidad de la estereopsis |
|
Infancia hasta ~ 4.6 años |
Ventana de tratamiento de ambliopía |
|
Infancia hasta ~ 8 años |
Las neuronas que se activan juntas, se conectan juntas: binocularidad y cableado cerebral |
Tabla 1. Vías visuales básicas.
En 1949, el neuropsicólogo Donald Hebb postuló una teoría que se ha convertido en una máxima de la neurociencia moderna: “las neuronas que se activan juntas, se conectan juntas”. (7) Este principio del aprendizaje hebbiano explica que los circuitos cerebrales no están precableados, sino que se moldean y refuerzan a través de la experiencia repetida.
Cada interacción del niño con su entorno, mediada por la visión, contribuye activamente a modelar la arquitectura física de su cerebro. El desarrollo de la visión binocular es una ilustración perfecta de este proceso, ya que requiere la activación precisa y sincronizada de neuronas provenientes de ambos ojos, integradas posteriormente en la corteza visual. Cuando este proceso se desarrolla de forma adecuada, las vías neurales correspondientes se fortalecen y crean una percepción robusta y unificada del entorno. Sin embargo, ante la presencia de trastornos funcionales de la visión como estrabismo o insuficiencia de convergencia, la entrada visual de ambos ojos se descoordina. Las neuronas no se activan juntas. Para evitar la confusión de la diplopía, el cerebro suprime activamente la información proveniente de uno de los ojos. Esta falta de activación sincrónica impide que las vías neurales asociadas se cableen juntas correctamente, llevando a la ambliopía y a un déficit permanente de la estereopsis.
No se trata únicamente de un problema ocular, sino de un problema de cableado cerebral con consecuencias a largo plazo. El optometrista de atención primaria constituye la primera línea de defensa para identificar esta activación asincrónica antes de que se transforme en un déficit de cableado permanente.
La cascada del desarrollo: cómo los retrasos visuales descarrilan otros dominios
Un trastorno funcional de la visión en la infancia nunca es un problema aislado. Dado que la visión actúa como catalizador primario del desarrollo, un déficit en este sistema fundacional desencadena una cascada de retrasos en otros dominios.
El impacto inicial se observa en el desarrollo motor, ya que la visión guía el movimiento y la coordinación ojo-mano. Un niño que no ve con claridad o no coordina adecuadamente ambos ojos tendrá dificultades para explorar su entorno, lo que afecta directamente el logro de hitos motores.
Posteriormente, esta cascada alcanza el desarrollo del lenguaje. La evidencia muestra que los niños con discapacidad visual presentan con frecuencia retrasos en el lenguaje expresivo, desarrollando un vocabulario más autorreferencial y con significados más limitados. (8) La visión proporciona el contexto rico y no verbal que da sentido a las palabras. Sin la capacidad de asociar fácilmente, por ejemplo, la palabra “pelota” con la vista de una pelota rodando, la adquisición del lenguaje se vuelve abstracta y lenta.
A su vez, se impacta el desarrollo cognitivo, ya que las habilidades fundamentales como el razonamiento espacial, el reconocimiento de patrones y el pensamiento simbólico dependen profundamente del procesamiento visual. En la edad escolar, estos retrasos acumulativos se manifiestan como dificultades de atención, memoria y aprendizaje. Un niño con insuficiencia de convergencia puede aparentar desatención o incluso ser erróneamente diagnosticado con TDAH, cuando en realidad su cerebro está sobrecargado por el esfuerzo requerido para mantener una visión única y confortable durante tareas visuales sostenidas. (9)
En muchos casos, las dificultades lectoras no obedecen a un déficit cognitivo, sino al malestar físico asociado a la visión binocular ineficiente, lo que puede derivar en diagnósticos erróneos de trastornos del aprendizaje, cuando la causa raíz es un problema funcional de visión no diagnosticado ni tratado. El papel del optometrista es identificar el déficit visual en el origen de esta cascada, antes de que se traduzca en una trayectoria académica y personal comprometida.
Evaluación de la visión pediátrica vs. adulta: un paradigma fundamentalmente diferente
Las implicaciones del desarrollo de la visión pediátrica exigen un cambio de paradigma completo frente al modelo adulto de atención optométrica. La evaluación en adultos se orienta, en gran medida, a una evaluación estática de un sistema completamente desarrollado, enfocada en la corrección refractiva y la detección de enfermedades. En contraste, la evaluación pediátrica implica el monitoreo dinámico de un sistema en desarrollo.
Las consecuencias de un déficit también difieren de forma sustancial. En el adulto, un problema visual suele representar la pérdida de una habilidad previamente adquirida; en el niño, implica el fracaso en desarrollar dicha habilidad, con repercusiones en cascada en todo el cerebro en desarrollo. Ver Tabla 2.
|
Aspecto
|
Evaluación en adultos
|
Evaluación pediátrica
|
|
Enfoque
|
Corrección refractiva y detección de enfermedades visuales.
|
Monitoreo del desarrollo visual e integración funcional. |
|
Marco temporal
|
Evaluación estática de un sistema maduro.
|
Evaluación de la trayectoria visual a través de períodos críticos del desarrollo. |
|
Consecuencias del déficit
|
Pérdida de habilidades visuales previamente establecidas.
|
Fracaso en el desarrollo de nuevas habilidades visuales. |
|
Disfunción binocular
|
Considerada principalmente un problema de calidad de vida.
|
Considerada una emergencia del desarrollo. |
|
Urgencia de intervención |
Importante, pero no críticamente desde el punto de vista del desarrollo. |
Altamente sensible al tiempo, debido al cierre de períodos críticos. |
Tabla 2. Diferencias en la evaluación en adultos y niños.
Un examen ocular estándar que puede confirmar una agudeza visual de 20/20 puede generar una falsa sensación de seguridad. Un niño puede presentar una agudeza aparentemente normal y, aun así, padecer un trastorno funcional de la visión severo que está interfiriendo activamente con su desarrollo. Se requiere entrenamiento especializado para comprender los hitos del desarrollo, reconocer las señales de alerta sutiles de déficits funcionales e interpretarlos dentro de un marco neurodesarrollista.
Implicaciones clínicas: un llamado al reconocimiento y la referencia
Desde esta perspectiva neurocéntrica, el optometrista de atención primaria enfrenta un imperativo profesional claro. El primer paso es el reconocimiento. Las señales de alerta para la referencia a un especialista pediátrico incluyen no solo signos obvios como estrabismo sino también indicadores más sutiles como dificultades académicas, problemas de atención en tareas visualmente exigentes, retrasos inexplicables en el lenguaje o en el desarrollo motor y un fracaso en cumplir con los hitos del desarrollo visual. Es crítico entender que estos no son solo “problemas escolares” o “problemas de comportamiento”; son signos potenciales de un trastorno funcional de la visión subyacente.
Una vez reconocido, el optometrista enfrenta una elección: referir a un especialista pediátrico o convertirse en uno. No todos los optometristas poseen el entrenamiento especializado requerido para una evaluación comprensiva de la visión del desarrollo. Esta experiencia va más allá del alcance del entrenamiento optométrico estándar y requiere una comprensión profunda de las cascadas del desarrollo y la neurociencia de los períodos críticos. La profesión debe avanzar hacia un modelo en el que el optometrista de atención primaria pueda identificar y referir oportunamente, o bien haya adquirido la certificación necesaria para intervenir directamente.
El imperativo de la optometría pediátrica: por qué la especialización importa
Las implicaciones de la atención visual pediátrica son profundas y de largo alcance. Tratar un trastorno funcional de la visión en un niño constituye una intervención con consecuencias de por vida, capaz de moldear su trayectoria de desarrollo. Como se sostiene en el marco del programa NeuroVision Franja, la optometría se encuentra en una posición única para contribuir a cerrar la brecha existente en la atención neurológica, y este rol es particularmente crítico en pediatría. Adoptar un enfoque neurocéntrico y funcional de la visión permite a los optometristas trascender la atención refractiva y convertirse en actores clave dentro de la conversación sobre el desarrollo infantil, aprendizaje y potencial humano.
Conclusión: un llamado a la acción
La visión es un catalizador indiscutible del desarrollo infantil. La evidencia proveniente de la neurociencia y la psicología del desarrollo demuestra que la capacidad de un niño para procesar la información visual de manera eficiente está íntimamente ligada a su capacidad para aprender, moverse, comunicarse y desarrollarse plenamente.
Los trastornos funcionales de la visión no son problemas periféricos; sino alteraciones del sistema nervioso central que requieren atención oportuna. Como optometristas de atención primaria, existe una responsabilidad profesional y ética de reconocer la profunda relevancia del desarrollo visual en la infancia de comprometerse a referir a estos niños a especialistas con la experiencia apropiada o de asumir la formación necesaria para intervenir de manera especializada.
El futuro de la profesión, y el futuro de los niños a los que sirve, depende de ello. En la atención pediátrica, no se tratan solo ojos; se están moldeando cerebros en desarrollo.
Referencias
1. Center on the Developing Child at Harvard University. (n.d.). Brain Architecture. Recuperado de https://developingchild.harvard.edu/key-concept/brain-architecture/
2 Programa NeuroVision Franja. (2025). Fundamentso neurociientíficos. (Documento de trabajo del programa).
3. Sadler, T. W. (2012). Langman’s Medical Embryology (12ª ed.). Lippincott Williams & Wilkins.
4. Rasdall, D. J., et al. (2024). Primary visual pathway changes in individuals with chronic mild traumatic brain injury. JAMA Ophthalmology.
5. Baker, D. H., Lygo, F. A., Meese, T. S., & Georgeson, M. A. (2018). Binocular summation revisited: Beyond noise reduction models. Vision Research, 154, 124–138.
6. Braddick, O., & Atkinson, J. (1996). Binocularity in infancy. Eye, 10(2), 163-170.
7. Hebb, D. O. (1949). The Organization of Behavior: A Neuropsychological Theory. Wiley & Sons.
8. McConachie, H. R., & Moore, V. (1994). Early expressive language of severely visually impaired children. Developmental Medicine & Child Neurology, 36(3), 230-240.



