La selección del corredor en un lente progresivo no es un ajuste menor ni un parámetro que pueda delegarse por completo al software del laboratorio. Es, en esencia, la decisión clínica que determina la ergonomía visual del paciente présbita. En el programa Tallando Conceptos, la Dra. Juliana Cadavid plantea una idea central: la automatización puede sugerir, pero solo el profesional que comprende la geometría óptica del progresivo puede garantizar una adaptación exitosa.
El lente progresivo posee una “anatomía” precisa: una zona superior de visión lejana, un punto de referencia prismático generalmente ubicado 4 mm por debajo del eje visual, un corredor o pasillo de progresión y una zona inferior donde se alcanza la máxima adición. Esta distribución no es arbitraria. Responde a principios físicos que condicionan la forma en que el astigmatismo oblicuo se distribuye lateralmente. Ver Figura 1.

Figura 1. Distribución de las zonas ópticas.
El análisis de los mapas de contorno o diagramas de isocilindros permite anticipar dónde aparecerán las zonas de distorsión y qué tan intensas serán. Las áreas más claras representan zonas ópticamente aprovechables; las más saturadas advierten mayor desenfoque periférico. Interpretar estos mapas no es un ejercicio académico: es la base para prever tolerancia, confort y estabilidad binocular. Ver Figura 2.

Figura 2. Diagrama de contorno.
La relación crítica entre adición y longitud
La “suavidad” o “dureza” de un progresivo no es una percepción subjetiva, sino el resultado matemático de la tasa de cambio de potencia por milímetro. El llamado gradiente de astigmatismo —calculado como (Adición / Longitud del corredor) × 4 mm— explica por qué una adición alta en un corredor corto genera transiciones más agresivas y menor zona intermedia funcional.
Cuando se acorta el corredor, el astigmatismo oblicuo crece de forma inversamente proporcional. Cuando aumenta la adición, la distorsión periférica también se incrementa. Entre ambas variables se juega el equilibrio clínico. Un +3.00 en 14 mm no se comporta igual que ese mismo +3.00 en 18 mm. La diferencia no es estética: es estructural.
Esta comprensión evita decisiones de alto riesgo, como combinar adiciones elevadas con corredores excesivamente cortos, lo que sacrifica visión intermedia y compromete la experiencia del usuario.
Ametropía, armazón y efectos prismáticos
La potencia esférica base modifica el comportamiento efectivo del corredor debido a efectos prismáticos. En hipermetropías superiores a +3.00 D, el campo visual útil tiende a reducirse, por lo que no es recomendable optar por diseños básicos que limiten aún más la amplitud. En miopías superiores a -3.00 D, la percepción de la adición se desplaza hacia la parte inferior, y en miopías altas (> -4.00 D) se vuelve crítico trabajar con corredores intermedios o cortos, incluso en armazones grandes, para evitar que la zona de lectura quede fuera del límite físico del lente.
La geometría del armazón es el primer filtro clínico real. La altura pupilar debe ubicarse idealmente en los dos tercios superiores del aro para garantizar espacio de progresión suficiente. Más allá de la moda, la función debe prevalecer. Si la altura efectiva de lectura se reduce a pocos milímetros por un mal posicionamiento o por un diseño vertical insuficiente, el problema no será del lente, sino de la indicación clínica.
Ergonomía y memoria motora
El laboratorio no conoce la ocupación ni los hábitos visuales del paciente. El profesional sí. Un usuario que trabaja permanentemente con pantallas y escritorio requiere una zona intermedia amplia; en estos casos, los corredores de 15 a 18 mm ofrecen mayor estabilidad funcional. Por el contrario, quienes migran desde bifocales pueden beneficiarse inicialmente de corredores más cortos que faciliten el hallazgo rápido de la zona de cerca.
La memoria motora es otro factor decisivo. Cambiar la longitud del corredor en un usuario adaptado puede alterar su patrón de movimientos oculares y cefálicos, generando inadaptación innecesaria. La adaptación al progresivo no es únicamente óptica; es también biomecánica.
Una decisión que define la consulta
No existen armazones “malos” ni diseños intrínsecamente defectuosos. Existen aplicaciones clínicas incorrectas de la geometría óptica. La tecnología digital ha elevado el nivel de precisión, pero no reemplaza el criterio. El software puede calcular; el laboratorio puede fabricar. Sin embargo, solo el profesional puede integrar ametropía, altura pupilar, ocupación, historial previo y expectativas del paciente en una decisión coherente.
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Seleccionar el corredor no es completar una casilla en el pedido. Es el acto que define el campo visual que acompañará al paciente en su vida cotidiana. Allí radica la diferencia entre una adaptación aceptable y una experiencia visual verdaderamente funcional.



