La transformación digital en los laboratorios ópticos de Latinoamérica ya no es una discusión prospectiva. Es una realidad que avanza con una velocidad que deja cada vez menos margen de maniobra a los modelos convencionales. Lo que durante años fue considerado una evolución gradual —la migración hacia procesos digitales Freeform— hoy se presenta como una condición mínima de supervivencia operativa.
Esta reflexión fue abordada recientemente en el espacio Tallando Conceptos, durante una conversación entre Julio Jinesta y Rodrigo Neira, en la que se analizó, sin concesiones, el futuro inmediato de los laboratorios ópticos tradicionales frente a la denominada “avalancha digital”.
Del rezago tecnológico a la vulnerabilidad estructural
En varios países de la región aún persisten nichos de procesamiento tradicional de vidrio, particularmente en mercados como Chile o Guatemala. Sin embargo, el grueso del sector opera bajo un modelo mecánico-electrónico que hoy enfrenta una obsolescencia no solo técnica, sino estructural.
El problema ya no es únicamente la velocidad de producción o la precisión del tallado. El verdadero punto crítico está en el colapso del ecosistema de soporte. Los grandes fabricantes internacionales han retirado formalmente el respaldo técnico y la provisión de repuestos para equipos emblemáticos del modelo convencional. Operar hoy generadores y bloqueadoras dependientes de plataformas antiguas equivale a asumir un riesgo financiero permanente.
La escasez de repuestos obliga a muchos laboratorios a fabricar piezas de forma artesanal, comprometiendo la estabilidad del proceso. A esto se suma la dependencia de sistemas operativos obsoletos, como Windows 98 o XP, sin actualizaciones de seguridad ni posibilidad de integración con softwares modernos de diseño, trazabilidad o gestión.
La analogía es clara: un laboratorio convencional puede seguir “encendiendo”, pero está desconectado del ecosistema actual. Como un teléfono móvil de primera generación, funciona en aislamiento, sin acceso a las aplicaciones ni a la red que hoy definen la competitividad.
El mito del equipo amortizado
Uno de los errores estratégicos más frecuentes es asumir que un laboratorio convencional es rentable porque su inversión inicial ya fue amortizada. Este razonamiento ignora los costos ocultos que, en la práctica, erosionan el margen operativo.
El consumo constante de insumos mecánicos, las mermas asociadas al reprocesamiento, la inversión inmovilizada en inventarios de bloques terminados y la limitada capacidad de personalización generan una estructura de costos rígida y poco eficiente. En contraste, el modelo digital Freeform permite una reducción significativa de costos de producción —estimada entre 37 % y 42 %— al eliminar consumibles tradicionales, reducir errores manuales y operar con inventarios más livianos basados en bloques semiterminados.
Hace quince años, el diseño digital estaba concentrado en pocos actores y sus licencias resultaban de alto costo. Hoy, la apertura del mercado de software ha democratizado el acceso, convirtiendo la digitalización en una decisión estratégica viable, incluso para laboratorios de menor escala.
Personalización: el fin de los moldes
El cambio de paradigma más profundo no es tecnológico, sino conceptual. El modelo convencional parte de diseños prefabricados a los que el paciente debe adaptarse. El entorno digital invierte esa lógica: el lente se calcula matemáticamente para el usuario.
Los moldes físicos, especialmente para materiales de alto índice como 1.60, 1.67 o 1.74, representa una barrera casi insalvable para el laboratorio tradicional. La inversión en moldes se vuelve logísticamente y económicamente inviable. El Freeform elimina por completo esa limitación, permitiendo tallar cualquier geometría sobre cualquier material sin depender de moldes físicos.
Esta capacidad no solo amplía el portafolio; es la puerta de entrada al segmento de mayor valor agregado del mercado, donde la calidad visual y la personalización justifican precios premium.
El factor humano: reaprender para no desaparecer
La automatización no elimina el conocimiento; lo transforma. El técnico formado en procesos mecánicos tradicionales posee una base invaluable que debe migrar hacia la gestión integral de sistemas digitales.
Durante años, el modelo convencional fomentó la concentración del conocimiento técnico en silos individuales. La imagen del operario cubriendo su máquina para proteger su “secreto” simboliza una cultura que hoy resulta incompatible con la complejidad del entorno digital. El laboratorio moderno exige equipos capaces de comprender la cadena completa: diseño, cálculo, producción, control de calidad y trazabilidad.
La digitalización no consiste en “apretar botones”, sino en gestionar procesos de alta precisión con visión sistémica.
Una ventana que se estrecha
La presión no hará más que aumentar. La proyección de una creciente prevalencia de miopía en los próximos años anticipa una demanda que los laboratorios rígidos, con altos costos operativos y baja capacidad de personalización, difícilmente podrán absorber.
La transición ya no es una cuestión de si ocurrirá, sino de cuándo y con qué impacto. Evaluar el costo del lucro cesante por paradas de máquina, definir modelos de escalabilidad adecuados y replantear la estrategia comercial hacia productos de mayor valor son pasos urgentes.
La “avalancha digital” no es una amenaza futura: es el contexto actual. En el mercado latinoamericano, quienes adopten hoy la tecnología Freeform dejarán de competir por precio para empezar a liderar por valor, asegurando su vigencia en una industria que ya no concede segundas oportunidades a la obsolescencia.
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