
Andrés Solórzano O.D.
Editor del Área de Consulta y Tecnología
Por décadas, la consulta en salud visual se ha sostenido sobre un pilar inamovible: la interacción directa entre el profesional y el paciente. En ese espacio —iluminado por la lámpara de hendidura, la retinoscopía o la conversación que antecede a la prescripción— se teje una relación humana que va más allá de la medición de dioptrías. Sin embargo, los últimos años han traído un cambio silencioso pero profundo. La transformación digital ha ingresado al consultorio no como una herramienta aislada, sino como un nuevo entorno de trabajo que redefine lo que significa ver, diagnosticar y acompañar.
De lo analógico a lo inteligente
La evolución tecnológica en la práctica visual ha sido progresiva, pero su aceleración reciente es innegable. Pasamos de los refractómetros analógicos a los sistemas de refracción digital, de las cámaras retinianas convencionales a las plataformas de tomografía óptica de coherencia (OCT) con análisis automatizado. Hoy, el profesional de la salud visual no solo observa estructuras oculares: interpreta datos que un algoritmo organiza, compara y traduce en patrones clínicos.
Esta transición no implica reemplazo, sino ampliación de la capacidad diagnóstica. Los dispositivos inteligentes, al procesar grandes volúmenes de información en segundos, permiten detectar signos tempranos de patologías que antes podían pasar inadvertidas. Pero el verdadero desafío radica en comprender que la precisión tecnológica no sustituye el juicio clínico; lo complementa.
El nuevo ecosistema de la consulta
La llamada “consulta digital” no se limita al uso de aparatos modernos. Es, en esencia, un ecosistema integrado donde convergen la historia clínica electrónica, los sistemas de imagen avanzada, la comunicación en línea con otros profesionales y, cada vez con más fuerza, la participación activa del paciente en su propio cuidado.
Hoy, un optómetra o un oftalmólogo puede recibir en tiempo real los resultados de un examen realizado en otra ciudad, analizar la evolución de un caso a través de una plataforma interoperable y realizar seguimiento sin que el paciente deba desplazarse. Esta dinámica no solo optimiza los tiempos de atención, sino que amplía el alcance del servicio visual, especialmente en regiones donde el acceso presencial sigue siendo limitado.
La alfabetización digital del profesional de la visión
El salto tecnológico exige una nueva competencia profesional: la alfabetización digital. No se trata solo de saber operar un equipo, sino de comprender los fundamentos detrás de su funcionamiento, las limitaciones de sus algoritmos y las implicaciones éticas del manejo de los datos.
El profesional de la salud visual del siglo XXI necesita combinar la precisión técnica con la mirada crítica. Entender cómo una inteligencia artificial procesa imágenes retinianas, por ejemplo, permite no solo interpretar mejor sus resultados, sino también cuestionar cuándo estos pueden estar sesgados o incompletos. En este sentido, la tecnología no sustituye el conocimiento clínico; lo desafía y lo actualiza.
Nuevas formas de relación con el paciente
La digitalización también ha transformado la experiencia del paciente. Los portales de historia clínica, las aplicaciones de monitoreo visual y los canales de comunicación virtual han modificado las expectativas: hoy el paciente busca inmediatez, información personalizada y seguimiento continuo.
Sin embargo, el riesgo es que la pantalla se interponga entre la mirada profesional y la humana. La consulta visual, aunque más tecnológica, no puede perder su esencia relacional. El acto de mirar al paciente a los ojos, escuchar su experiencia y comprender su contexto sigue siendo insustituible. La empatía sigue siendo el principal instrumento diagnóstico.
Beneficios y dilemas emergentes
Entre los beneficios más tangibles de la digitalización destacan la detección temprana de enfermedades, la eficiencia en los procesos clínicos y la posibilidad de atención remota. No obstante, surgen dilemas que no pueden ignorarse: la dependencia tecnológica, la protección de datos personales y la posible deshumanización del acto clínico.
Cada nueva herramienta debe evaluarse no solo por su precisión, sino también por su impacto en la relación profesional-paciente. La confianza no se delega en un algoritmo; se construye con comunicación y transparencia.
Mirar hacia adelante
La consulta visual del futuro será híbrida: una integración armónica entre la pericia humana y la asistencia tecnológica. El profesional que logre moverse con naturalidad entre ambos mundos —el del conocimiento clínico profundo y el de la analítica de datos— tendrá en sus manos no solo instrumentos más precisos, sino una mirada más amplia y responsable sobre la salud ocular.
En el fondo, la verdadera transformación digital no ocurre en los equipos, sino en la mente del profesional que los utiliza. Comprender, interpretar y decidir siguen siendo verbos humanos, aunque ahora se conjuguen frente a una pantalla.
La lámpara de hendidura y el algoritmo inteligente no son opuestos: son dos maneras de iluminar el mismo propósito. Ver mejor, para cuidar mejor.
Referencias
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